Mostrando entradas con la etiqueta Patrimonio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Patrimonio. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de septiembre de 2018

La desolivización de España...

Estoy sentado en mi trabajo. Desde mi mesa veo por la ventana pasar los camiones, por la carretera nacional. A los coches no los veo, salvo que me estire un poco. Si me levanto lo veo todo con bastante detalle. Veo pasar una góndola cargada de olivos centenarios, ya podados y con su cepellón. No es el primero ni la primera docena. Pienso en lo que está pasando y recuerdo lo que decía aquel agricultor de aquí, de Piedrabuena: 
-Están plantando los árboles del campo en el pueblo y los del pueblo en el campo, ¡ésto no hay quién lo entienda!
Me vienen a la memoria esas rotondas con olivos podados en plan fantasía, por no decir chirrriante horterada antinatural, esos parquecillos de espanto, esas plazas y rincones en las que se vuelve a la más trasnochada litofilia reinventando un pasado que nunca existió. Recuerdo vivencias de gentes que vendieron sus olivares para estos fines decorativos y comerciales. Ahí quedó, por ejemplo, la película "El olivo" con sus múltiples y demoledores mensajes, en alguna cuneta de los archivos cinematográficos. Casi me sangran aquellos olivos que me arrancaron por el morro, sin haber completado el proceso expropiador, en fechas tórridas, sin avisarme previamente, para que pasara un absurdo, costosísimo e innecesario trasvase del Tajo a la Mancha, por debajo del cual, manaban aguas minerales extraordinarias, por cierto. Aquellos olivos míos, que fueron de mi padre que en paz descanse, de mis abuelos y de mis bisabuelos, como mínimo, no se pudieron salvar porque esa tarde había fútbol y los maquinistas que podían hbérmelos cogido y trasportado estaban muy ocupados y no tenían tiempo y tenían que ver el partido. Era la época del ladrillazo, por si fuera poco.
Y así, mientras tanto, se van arrancando pies a los olivos centenarios -miles y miles-para poder mecanizar la aceituna, es decir, su recogida, la recolección del fruto. O se van arrancando olivares enteros y poniendo nuevos, en espaldera, bien juntitos y con riego, para que produzcan mucho y muy deprisa. Y se van echando cada vez más productos químicos que hacen más que dudosa la bondad de estos árboles, de esos lugares, y de su preciado fruto. Ya hay olivares que antes producían, por ejemplo, espárragos y ahora, aunque sigan brotando, los esparragueros experimentados, no los recogen.
Van cambiando esos paisajes y con ellos todo, la vida y la vista que ofrecían. 
Ahora, para ver olivos se puede ir a un parque, a una rotonda, a una plaza, aunque quizás lo que se vean no sean olivos sino esas extrañas formas, esas plataformas a distintos niveles en las que han convertido las escasas ramas que les han dejado con vida tan atrevidos podadores. Es cuestión de gustos o de mal gusto, depende de quién opine. 
Pienso en los visitantes que, al ver semejantes despropósitos hechos con nuestro arbolado, pueden pensar, por ejemplo que si hacemos eso a nuestros más preciados y longevos árboles productivos qué no nos haremos a nosotros mismos. Me viene a la mente que quizás esos visitantes lo encuentren "bonito", "precioso", "original" y hasta entrañable y auténtico y típico, y, por supuesto, fotografiable. ¿Y los niños y niñas? ¿Qué pensarán? ¿Qué sentimientos y recuerdos se irán formando en esas cabecitas?¿Y los jóvenes? ¿Se estarán dando cuenta de este capítulo más de la larga novela de la desnaturalización de nuestro entorno, de la artificialización, de la banalización, de la horterización extrema, de la llamada urbanalización? Quizás dirán esa frase tan socorrida del "será lo que sea pero a mí me gusta"...
En fin, es sorprendente que nuestras autoridades permitan estas actuaciones mal llamadas ornamentales o de embellecimiento o las promuevan. Es penoso que no haya voces críticas suficientemente autorizadas para decirlo alto y claro. Es vergonzoso y muy contradictorio que nos digan lo que podemos y no podemos hacer en las fachadas de nuestras casas, hasta una escala del centímetro y del color, por ejemplo, y que se permitan semejantes atentados eco-urbanísticos. ¿Y nuestro Patrimonio?¿Y el valor del paisaje rural pero también urbano? Luego se argumenta que no hay dinero, que España tiente tanta Historia y tanto que proteger que no hay dinero...
Hay días que prefiero no mirar por la ventana.





viernes, 10 de agosto de 2018

¿Se puede o no se puede hacer fotos en la Basílica del Valle de los Caídos?

¿Se puede o no se puede hacer fotos en la Basílica del Valle de los Caídos? Allí hay carteles que dicen que no se puede. Te puede ocurrir que te llamen la atención y que ese mismo día, aparezcan imágenes en diferentes periódicos, en la televisión y en internet en las que no sólo se muestra lo que se supone que está prohibido fotografiar sino que, ¡sorpresa! se puede contemplar a gente haciendo y haciéndose fotos delante de la tumba de Franco...como hoy, 10 de agosto de 2018, viernes, en el periódico El Mundo, en la página 8.
Por cierto, se podía avisar al entrar ya que puede que haya personas que vayan exclusivamente con ese fin y que, tras pagar la nada barata entrada, se lleve el disgusto y la sorpresa de que le llaman la atención por hacer lo mismo que acaba de ver en un periódico o en la televisión, desde ya dos meses.

Y la solución de ir al Palacio Real de Madrid para pedir permiso por escrito resulta verdaderamente sorprendente. Quizás haya que tenerla en cuenta cuando haya que colaborar con alguna causa, monárquica o simplemente nacional...

domingo, 13 de mayo de 2018

La urbanalización llega a Piedrabuena, como los cromos "repes" de nuestra infancia

El término "urbanalización" fue acuñado por el geógrafo y profesor de la Universidad de Barcelona Francesc Muñoz. Procede de la unión de dos palabras que nada tienen que ver entre sí: "urbano" y sus derivados y "banal"...y el resultado es lo que parece, la banalización de lo urbano, de la urbanización, de la evolución de nuestros pueblos, ciudades, urbanizaciones, polígonos de todo tipo, y hasta del paisaje que va quedando entre medias. 
Así, lo que está pasando, como fruto de la globalización, (recordemos que para algunos estudiosos como Milton Santos se trataría más bien de la denominada "globalización perversa") es que se están perdiendo las señas de identidad de territorios enteros, de sociedades, de culturas, de patrimonios bien asentados, de ciudades, pueblos, regiones y hasta países. Viajar ahora es un acto de reconocimiento de los cromos "repes" de nuestra infancia frente a la impresionante variedad y autenticidad de otros tiempos. Así, ahora se habla de "no lugares", es decir, esos espacios que se ven o se pueden ver casi en cualquier parte del mundo y que no trasmiten absolutamente nada, aparte de soledad y necesidad de consumir.
Y es que la urbanalización es esa pérdida de identidades, de estilos, de formas, de particularidades, a favor de la homogeneización, de la uniformización y de una igualdad de serie, sin rasgos identitarios en el ámbito urbano. 
Cuando vas a un pueblo o ciudad empezando por el suelo que pisas y terminando con la cubierta de las chimeneas, todo debería ser diferente. Los pueblos y ciudades que se asientan sobre sustratos cuarcíticos y los que lo hacen sobre calizas o sobre basaltos o quizás sobre granitos...solían tener pavimentos muy característicos. Ahora, ese simple detalle, se va perdiendo en multitud de casos. En una ocasión, en Villarrubia de los Ojos, provincia de Ciudad Real, España, tras la recogida de firmas para que no se alquitranase una calle que estaba adoquinada con bloques de basalto, en perfecto estado, el alcalde decía que sabía que llevábamos razón pero...
Un poco antes, otro alcalde, en una situación muy parecida, argumentaba que, aunque efectivamente el pavimento estaba en perfecto estado, no podían desperdiciar la oferta de la Diputación Provincial de Ciudad Real, ya que el alquitranado era totalmente gratis.
Si ascendemos unos centímetros desde el nivel de la calle llegaremos a un segundo nivel de altura, evidentemente, pero sobre todo, en los mejores casos, observaremos también elementos arquitectónicos y urbanísticos interesantes, si es que no han sido barridos por la gran ola de pseudo-modernidad y estandarización en marcha: son los bordillos o adoquines. Otra vez volvíamos a ver los frutos de las canteras más cercanas, calizas, basaltos, granitos...Con sus formas, su coloración, sus irregularidades y regularidades, sus tamaños, sus marcas del uso, a veces centenario. Pero llegó el momento de la destrucción vestida de supuesta mejora. Se eliminan los bordillos y se cambian por bolardos, por pavimentos de colores, materiales y formas de catálogo y puede que, con los materiales extraídos se de rienda suelta a una litofilia de nueva creación, normalmente de gusto espantoso: fuentes, fachadas institucionales, pequeñas plazas, parquecillos pasados de fecha...todo un catálogo de anacronismos de mal gusto.
Podríamos seguir ascendiendo por los rodapiés y empezaríamos pronto a detectar los cambios que se están produciendo pero, detengámonos en la vía pública. Hasta hace poco tiempo la iluminación solía estar suspendida de cables o de las paredes de los edificios. Ahora, unas hiladas de farolas de fechas remotas se han instalado en muchos pueblos y ciudades como signo de... ¿de qué? ¿de modernidad? ¿de estilo? ¿de tradición? ¿de solera? Para colmo, llevan los armatostes de fundición de escaso acabado la fecha del siglo XIX...¡Bendita modernidad!
Las rotondas quizás merezcan un capítulo aparte. Pero lo cierto es que calles, plazas y parques se van urbanalizando, muchas veces ante la perplejidad o la contrariedad del vecindario. Hay quiénes argumentan que no hay dinero para otras verdaderas necesidades y sin embargo si lo hay para dilapidar las señas de identidad de nuestros pueblos y ciudades en un extraño afán de modernizar o embellecer, sin tener la más mínima idea de estética, ni de Patrimonio ni de nada que se le parezca. Triunfa lo impersonal, lo foráneo, lo hortera y de mal gusto en lugar de pararse a hablar no solo con la gente que sabe, que la hay y, por cierto, en la mayoría de los casos, muy desinteresada, sino también con los vecinos y vecinas. La excusa de que se llevaba una promesa electoral o que se quiere el bien de la mayoría es, sencillamente, una gran falacia y una falta de respeto.
Lo expresado aquí, desafortunadamente, es general, con escasas y muy honrosas excepciones, como la de Alcolea de Calatrava, por cierto. Se echa en falta una orientación técnica que merezca esa denominación, una autoridad que pueda desautorizar tanto desatino y tanta destrucción.
Ahora, mayo de 2018, tras la calle Real y la recientemente inaugurada Plaza de Nicolás del Hierro, se iniciarán las obras de la plaza de Evaristo Martín, otra muestra más de urbanalización, de derroche y de falta de criterios serios por parte de las administraciones públicas.