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domingo, 21 de noviembre de 2021

Recuerdos de infancia y juventud, 6: El "Dálmata" y la simpatía variable.

  Muy pocas personas en este planeta saben de quién hablo. Más de siete mil millones de personas y el Dálmata es una especie de clave íntima a la infancia de menos de media docena de personas. Lo cierto es que era un trabajador en lo que hoy denominamos genéricamente "administración y servicios" en un internado religioso de los años setenta del siglo XX, en Madrid. En cuanto lo vi me vino a la mente la imagen de esos cánidos tan "lindos" pero que a mí me parecían, sinceramente, horribles y, sobre todo, horteras. Eran los ojos de un niño de diez años.

Aquel hombre me parecía un múltiple prisionero, perdido en ese traje y debajo de ese bigotillo tan lineal y de moda. Me trasmitía todo el servilismo -aunque yo no conocía ni la palabra ni el concepto- que precisamente veía en algunos perros, prestos a acudir a la llamada de sus amos. Digo múltiple porque creo que, como casi todo el mundo, tenía que obedecer a demasiados "dueños", superiores, jefes o personas de su entorno. 

 Además, yo creo que también tenía un olfato, un oído y una vista privilegiados. Adoptaba posturas que me recordaban a los "pointer". Era como un verdadero detector de travesuras e infracciones.

Me sorprendió mucho al ver cómo se sonrojaba cuando el padre prefecto lo llamaba. De pronto, me venía a la memoria su imagen super-simpática con las madres y los padres que, por cierto, le daban muchas veces una propina, que contrastaba con la del hombre ya maduro, quizás cuarenta y tantos, quizás cincuenta y pico, que mantenía una actitud seria y hasta grave y que, llegado el momento, se enfadaba, como Dios quiere y manda.

Lo cierto es que ahora, cuando observo, con y sin detenimiento, las actitudes de tantas otras personas, compruebo cómo se comportan. Y lo que me llama la atención es que algunas, calificadas socialmente como muy simpáticas muestran una cara de... pocos amigos, como mínimo, muy llamativa.

Me sorprende esa variabilidad que se me antoja un tanto canina. Por ejemplo, a las cinco, seriedad y distancia. A las nueve, delante de audiencia, simpatía y cariño, como si hubiera un premio, un aperitivo o una evaluación pendiente.

A veces me he planteado si no será un efecto, o defecto, de percepción del observador. Otras, si quizás se pueda tratar de una especie de síndrome, de complejo, de problema de algún tipo. Pero, finalmente pienso en la posibilidad de que se trate de una conducta generalizada que nos ataña a prácticamente todo el mundo. 

Dicho así, el Dálmata, de quien no recuerdo el nombre, creo que no era mala persona sino que tuvo que lidiar con situaciones para las que quizás no estaba preparado. Pero eso nos pasa a la inmensa mayoría.

viernes, 2 de julio de 2021

La diferencia entre la anécdota, el secreto profesional y el derecho a la intimidad.

 ¿Qué diferencia hay entre una anécdota, el secreto profesional y el derecho a la intimidad? Seguro que hay personas que han trabajado estos temas y que lo tienen claro. De entrada no parece fácil marcar las líneas que pueden separar, de una manera clara, estos conceptos. 

Una persona que acude a un profesional está protegido en todo lo que le pueda ocurrir por la discreción, el secreto profesional y el derecho a la intimidad. ¿Es así? Parece lógico pero si echamos un vistazo a todo tipo de mensajes nos damos cuenta que la realidad es mucho más compleja. Hemos escuchado y leído cientos de veces "casos" acaecidos a diferentes trabajadores. En la mayoría de las ocasiones se les intenta dar un toque de humor pero otras muchas, en realidad, lo que aparece es la crítica, el deseo de poner a algunas personas, actitudes o conductas en su sitio, o la simple puya; vengancillas, de alguna manera, incluso sin diminutivo.

Se suele recurrir a la omisión de datos o al cambio de los mismos. También se manejan fuentes ajenas para alejar la posibilidad de la identificación de los protagonistas. 

Pero, ¿qué ocurre cuando lees, escuchas o ves que están hablando de tí, de una persona cercana a tí, de un ser querido?¿Dónde queda la intimidad?¿Es profesional ese traspaso de información totalmente privada de una esfera íntima a otra pública? 

Una vez una persona leyó una anécdota en un libro que le resultó extraordinariamente cercana. Además, recordó que otro hecho vivido por él se lo había reprochado una tercera persona, muy cercana a la única que podía haberla revelado, contraviniendo abierta y claramente su supuesta profesionalidad. Era curioso porque, a pesar del nivel supuestamente muy alto de responsabilidad, ambos habían caído en una falta cercana quizás, incluso, al delito. Por supuesto era de una falta de profesionalidad tan alta que dejaba al descubierto la bajeza de ambos. No eran, por otra parte, esas supuestas anécdotas algo gracioso sino muestra de algún problema y de la dificultad para solucionarlos. Le surgieron dudas sobre la forma de proceder y optó por el silencio. Dónde hubo confianza se instaló un distanciamiento creciente, desde la aceptación del malestar o dolor. A veces lo recordaba con cierta incomodidad. También pensó en la posibilidad de aclararlo abiertamente o en, siguiendo el ejemplo, soltar lastre, contar algunas interioridades nada positivas de los dos personajes públicos...pero optó por pasar página y, desde la lealtad y algo que quería ser nobleza, retomar el camino de la amistad.

Pero, la cuestión es que no tenemos, en general, una visión clara entre el anecdotario y el secreto profesional.

Por dar una pincelada de humor literario Italo Calvino escribió un cuento muy gracioso en su libro "Las cosmicómicas" sobre un mensaje leído en el espacio, en un cuerpo celeste situado a años luz, en el que se podía leer el mensaje "¡te he visto!"... 

Imaginemos lo que podría pasar si todos, o muchos, mortales fuéramos contando anécdotas intrascendentes o no de determinadas personas que hemos conocido, como aquel barbero del Callejón del Patacón (Penny Lane) que hacía fotos de cada cabeza que había visto. 




sábado, 9 de enero de 2021

Recuerdos de infancia, adolescencia y juventud, 5: "Ojo pocho", con todo respeto.

 Era el año 1973, aproximadamente. Yo era un niño de unos once años. Lo digo así, con cierta duda, porque no me acuerdo bien, podría tener un año más. Estaba en un internado de los padres escolapios, el "San Fernando" (1) , de Madrid. Aquel colegio era impresionante en todos los aspectos. 

Cuando conté, hace ya una década, a mis alumnas y alumnos de sexto de Primaria, que yo había estado interno me miraron con cara de compasión y gran asombro,  expresándome poco menos que sus condolencias y temores. Por aquellas fechas había una serie de televisión que hacía furor, y de la que no soporté más de cinco minutos. Esos chicos y chicas pensaban que un internado era algo tenebroso, lleno de peligros y desgracias, incluyendo los asesinatos y cosas por el estilo. Aunque no dediqué mucho tiempo a aclarar algunos conceptos históricos sí recuerdo que intenté hacerles ver que, en aquella época de la que hablo, los internados no se parecían absolutamente (se podría decir, enfatizando y marcando mucho las sílabas"ab-so-lu-ta-men-te") nada a lo que se presentaba en el programa mencionado.

Como decía, aquel colegio era extraordinariamente bueno y todavía hoy, cuarenta y tantos años después, como alumno y como profesional de la Educación, sigo pensando que fue una gran suerte haber estado allí tres años de mi vida. Fue duro, pero mereció la pena. 

Hoy he recordado una anécdota que me ha hecho reír como hacía tiempo. Quiero dejar dicho que lo que cuento es totalmente real y que no hay lo más mínimo de maldad, desprecio, burla o humillación en mis palabras.

Lo cierto es que, entre las personas que vivían en el colegio, además de los más de 250 alumnos internos y la comunidad de padres escolapios, había un señor que en aquellos tiempos nos parecía muy mayor. Yo diría que estaba muy cerca de los noventa, pero aclaro que los ojos de un niño no son los más adecuados para "calibrar" o estimar la edad de los adultos. Lo cierto es que estaba jubilado y vivía allí, supongo que como antiguo fiel empleado. Solía vestir con un mono azul, arrastrar un poco los pies, que soportaban ya un cuerpo grueso y un tanto temblón. Además, usaba gafas y al menos un ojo lo tenía algo dañado. Era como si el párpado inferior estuviera caído mostrando un color rojizo. Uno de mis mejores amigos, rápidamente, lo bautizó con el expresivo nombre de "Ojo pocho". Y entre nuestro grupillo así se quedó el buen hombre. Nos saludaba, lo saludábamos pero, a solas, hablábamos de él con ese apodo que no tenía malicia alguna.

Un buen día me dijo que qué pasaba con las venticinco pesetas. Creo que no le supe contestar. Y ya, cada vez que me veía, me decía algo al respecto, sin que yo intuyera siquiera el significado. Un día le dije que quizás me confundiera con otra persona. Pero un poco después me dijo que yo no le había devuelto dicha suma. Me sorprendió mucho porque yo ya era para él "el de las veinticinco pesetas", sin haberlo sabido hasta ese momento. Le pedí que me lo explicara y era muy sencillo. Me aclaró que me había dejado veinticinco pesetas y que yo no se las había devuelto. 

Lo cierto es que nunca le pedí dinero prestado ni me lo ofreció. En el internado, además del dinerillo que pudiéramos tener de la última vez que hubiéramos ido a nuestra casa, o de haber recibido la visita de nuestros padres o familiares, solíamos disponer de una cantidad que nos custodiaba uno de los padres (¿seminarista en algún caso?) que estaban como responsables de nuestra sección (o dormitorio)(2). Así, podías tener, por ejemplo, quinientas pesetas, que le habían dado nuestros padres o nosotros mismos. Cuando te hacía falta, ibas a su habitación, hacías cola, y le pedías al padre Javier, lo que te hiciera falta.

Este señor me confundía y siguió diciéndome siempre, como saludo "el de las veinticinco pesetas". Y yo, con mi hermano, he mantenido esa peculiar forma de autodenominarme o de hacer mención a otras personas o situaciones un tanto indeferenciadas, más como saludo, como simple interjección, con función fática o de contactoentre nosotros. Con el tiempo, y de forma inconsciente, fuímos aumentando la cantidad. Así, podíamos decir. ¡hola, el de las cien pesetas!

En aquellos tiempos, el metro de Madrid, que cogíamos solos, costaba tres pesetas. Una caña de cerveza, seis o siete, un bocadillo de calamares, en el mítico y emblemático bar de los calamares de la calle ¿Gaztambide?, nueve. Allí, a regañadientes, nos obligaban a ir los mayores, a comprarles un bocadillo, cuando les apetecía. Los mayores eran los alumnos de COU o de tercerro de bachiller. ¡Gigantes para nosotros¡ Lo bueno era que alguno, generoso, nos daba una propina o nos decía que nos tomáramos otro. Así que, pronto, empezamos a ir cuando nos apetecía y disponíamos de dinero. Ese bar era, entre otras cosas, un punto estratégico al que acudían muchos legionarios, personajes también de los más curiosos que veíamos por el centro de Madrid en esos años. Altos, fuertes, descamisados, barbudos, con hambre y sed y metidos en sus propias burbujas, como casi todo el mundo. Alguna vez alguno nos saludaba, pero eran las menos veces.

No sé si ya en los últimos meses de mi estancia en aquel internado, ya con trece años, dejó aquel hombre, del que no recuerdo su nombre, de llamarme "el de las veinticinco pesetas". Por allí estaban, además, "el Dálmata", los cocineros, las señoras de la limpieza y del comedor, -especialmente la señora Isabel, con su paciencia y bondad natural-, y algunos más.

Fueron años muy intensos de los que podría contar muchas historias. Algunas divertidas o curiosas, otras, atroces, otras, cargadas de significación, educativa o sociológicamente. Por el momento me quedo con ese mote tan ocurrente y descriptivo que sólo usábamos Fernando, José Juan, Manolo, Jacinto, Gonzalo y algunos más (3).

Recuerdo, por ejemplo, el día que asesinaron a Carrero Blanco, un 20 de diciembre de 1973, nada más y nada menos que el presidente del gobierno de España. O cuando paseó, en coche, por Madrid, el presidente de Estados Unidos, Gerald Ford. Y cuando se produjo un impresionante socavón en las calles de Andrés Mellado y Joaquín María López y la fotografía fue la portada del ABC. O cómo había colas interminables en un cine muy cercano al colegio, en la calle Andrés Mellado, sobre todo de jóvenes melenudos y barbudos y chicas con minifalda, con aspecto de "jipis"(hippies), para ver la película "Tocata y fuga de Lolita". Por mi colegio pasaron, entre otros, Félix Rodríguez de la Fuente, Pelé y Kiko Ledgard, padre de varios alumnos, de los muchos hijos que tenía. Allí conocí a gente maravillosa y aprendí mucho en todos los sentidos. Los padres escolapios y el profesorado eran, sencillamente, extraordinarios. Del señor que me llamaba "el de las veinticinco pesetas" guardo también un recuerdo entrañable.

El año 1974 o 1975 supimos que los escolapios habían vendido el colegio y estaban contruyendo otro, muy moderno, en Pozuelo de Alarcón. Allí ya no habría internado. Los tiempos estaban cambiando. Hubo algunas protestas y se hizo una presentación oficial, que apareció en la prensa. Se mostró la maqueta del nuevo proyecto. Los últimos días del curso algunos padres del colegio de Getafe estuvieron allí eligiendo los muebles que se llevarían. Estaba previsto demoler el edificio pero al final no fue posible.

Los internos, algunos, fuímos a Getafe y otros al Calasancio. Visitamos varias veces el lugar en el que estaba nuestro colegio. Hubo ocasiones en las que quedábamos unos antiguos compañeros y recorríamos esas cuatro calles, con una mezcla de emoción y, en algún caso, de cierto dolor.


Mis primeras fotografías en un "fotomatón". No las pude entregar porque me parecía que, con esa cara, muerto de risa, no procedía. Ahora me alegro mucho de tenerlas. Son de septiembre u octubre de 1972.

Mural realizado en 1973, cuando estaba en quinto de E.G.B. El tema era uno de mis favoritos, con diferencia...y lo sigue siendo.


(1) El "San Fernando" se encontraba en el barrio de Argüelles y se encontraba entre las calles Donoso Cortés nº 80, Andrés Mellado, Joaquín María López y Gaztambide. Su historia se puede leer en este enlace, correspondiente al llamado "cuarta época".

(2) Había tres secciones, la de los mayores, en la cuarta planta. La nuestra, en la quinta planta, y la de los pequeños, en la sexta planta. 

(3) No escribo apellidos ya que hace muchos años desde que no tengo contacto con ellos.

sábado, 2 de enero de 2021

Recuerdos de infancia, adolescencia y juventud, 4: Los despachos de vino.

 Cuando yo era pequeño, en mi pueblo, había varios despachos de vino. Eran establecimientos con una disposición de mobiliario y decoración prácticamente nula. Se vendía vino a granel y, en algunos, se podía beber allí. Lo que más abundaba y se vendía era vino blanco en rama, es decir, del año. El precio era extraordinariamente bajo. Si no recuerdo mal, también había otras bebidas, tipo licor, pero tendría que preguntar a algunas personas mayores.

Justo enfrente de mi casa, unos metros más abajo, había uno, el de Rafael Villegas (aunque quizás fuera de su esposa, Mari Paz Díaz. Había otro cerca, el del Espartero. 

Lo que mejor recuerdo era ese olor tan fuerte a vino, tan característico. El término "despacho" se usaba bastante, así como "despachar" o "espachar" /ehpachar/. Era típico llegar a una tienda u otros establecimientos y decir, para que salieran a atenderte: ¡a ehpachar!

Estoy hablando de los últimos años sesenta del siglo XX y los primeros setenta.

Recuerdos de infancia, adolescencia y juventud, 3: Timidez hasta en los exámenes de Matemáticas.

Yo era muy tímido. No me he considerado nunca un chico listo, como se solía decir. Y no era, ni el primero (ni en segundo, tercero, cuarto...) de mi clase -nunca lo he sido-, ni muy estudioso, ni lo que se suele denominar "empollón". Cuando llegué al internado de Madrid, el Real Colegio de san Fernando de los padres escolapios, esa timidez se vió multiplicada considerablemente. Me sentía diferente en todo, y, especialmente, en mi forma de hablar. Me daba corte y mis compañeros de clase, unos cuarenta y siete o cuarenta y ocho, me miraban con sorpresa. Alguno me decía que yo tenía acento andaluz. Era nuevo y, salvo otro alumno de mi pueblo un poco mayor que yo, Pedro (1), de Villarrubia de los Ojos, yo no conocía a nadie en aquel centro de unos dos mil alumnos.
Cuando empezamos las clases, aquel 19 de septiembre de 1972, mi sensación era de extraordianria soledad. Yo no quería, bajo ningún concepto, sobresalir ni destacar. En unos exámenes de Matemáticas hice unos ejercicios complicados con lo que llamábamos "quebrados", es decir, fracciones. Cuando ya los tenía, me parecía que era todo demasiado complicado y los borré. Mi profesor, el muy buen profesor don Víctor, detectó algo extraño. En la segunda ocasión, sencillamente, ya no  quise resolver las mismas operaciones, por esa timidez atroz. Así, podría contar otras anécdotas de mi vida. Lo cierto es que lo fui superando, espero, poco a poco. Ahora, cuando lo recuerdo, me sorprendo enormemente.
Después, como maestro, a veces he detectado algunas situaciones parecidas y he intentado darles el tratamiento adecuado.
(1) No aporto sus apellidos ya que hace muchos años que no lo veo y no quiero hacerlo, sin su consentimiento.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Recuerdos de infancia, adolescencia y juventud. Los bocadillos de tortilla con cebolla de Grao.

 Han pasado casi cincuenta años. Quizás este breve relato no se entienda por nadie o, quizás, por muy muy pocas personas. Pero me da un poco igual. Yo siento la necesidad de contarlo. Hoy, en el cine, de pronto me he acordado de una anécdota de mi infancia. Yo tenía diez años. Era uno de los más de doscientos alumnos internos de un colegio escolapio de Madrid. Los lunes tenían una mezcla de duros y reconfortantes. No sé si lo sabré expresar en su justa dimensión y con la profundidad que suponía para mí. El lunes era la vuelta a la rutina, a la normalidad muy entrecomillable. Es decir, a la normalidad dentro de toda una excepcionalidad que nos había sobrevenido de una forma un tanto repentina. El lunes era otra vez el madrugón con esa música que se me clavaba y me hacía sentir mi soledad más profundamente que en ningún otro momento. Todavía hoy, al pensar en aquellos momentos me emociono y afloran las lágrimas, que consigo contener, como entonces.

La música que más me dolía era la del cóndor pasa, pero no estoy seguro del todo. Quizás fuera una sintonía radiofónica del momento. Era 1972. Lo cierto es que había algo de alivio también porque suponía una semana menos, porque veíamos a nuestros compañeros de clase y a  nuestros profesores. Además, volvíamos a vera los internos que se habían ido de fin de semana. Era también un sentimiento poliédrico y contradictorio. Pero bueno, el recreo era ya el momento estelar. Allí apenas si recuerdo a un interno que se iba casi todos los fines de semana. Era del norte y tenía a algún familiar en el extranjero. Aparecía con un bocadillo de tortilla de patatas impresionante. Era sencillamente espectacular. Grande, jugoso y con un grosor nada común. Alguna vez me lo dió a probar. Para mí fue una experiencia confusa. A pesar de mi apetito y mis muchas ganas aquella tortilla era diferente a la que yo había probado. Tenía un sabor que me resultaba muy raro, casi como picante, pero no era eso. Me dijeron que era la cebolla. Para mí, con esa edad, algo incomprensible. ¿Existían bocadillos de tortilla de patata con cebolla? Evidentemente la respuesta era afirmativa, ante mi confusión. Grao se comía su bocadillo cada lunes como si fuera un trofeo que otros no habíamos conseguido. A veces compartía un bocao, pero poco más. A mí, ese sabor, me disgustaba. Años más tarde, cuando empecé a cogerle el gustillo a esa forma de hacer la tortilla, me venía a la cabeza aquellos tiempos mágicos, preciosos y atroces. Después empecé a cocinar y la cebolla ya estaba presente en casi todas mis comidas. Hice tortillas casi por devoción. Las hice de todos los tamaños, grosores y sabores. Las hice como peculiar forma de despedir el año escolar cada mes de diciembre, con mi alumnado y mis compañeros y compañeras de colegio.

Cada cierto tiempo recuerdo aquellos impresionates bocadillos de Grao, un chico que se iba casi todos los fines de semana.

Tortillas de patata sin cebolla hechas en un campamento de verano.