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martes, 27 de abril de 2021

¡Demasiado revuelo por unos anónimos y una navaja!

 Sí, definitivamente, y sin paliativos, el que estas palabras escribe, está totalmente en contra de cualquier tipo de violencia y de amenazas. Sin embargo no entiendo qué tipo de políticos prefieren hablar de algo tan, lamentablemente, cotidiano, como unas amenazas por carta, anónimas, en lugar de ceñirse a sus obligaciones presentes y, sobre todo, futuras. Ya se ha dicho hasta la saciedad quiénes eran los culpables, e incluso, los responsables: determinado partido político al que se identifica con el fascismo. No había pruebas pero se insinuaba o afirmaba abiertamente que ese grupo estaba detrás. 

Cuando se descubre que uno de esos envíos tan desafortunados e improcedentes provienen de una persona con problemas mentales, se argumenta que en realidad son el fruto de unas semillas previamente plantadas. Curiosa explicación de esa actitud delictiva. Ya se ha trazado la trayectoria completa, la genealogía, de unas formas concretas de hacer política...

¿No será que, a falta de argumentos sólidos, de un discurso bien elaborado con datos fiables, creíbles y proyectos, se recurre a estas estrategias de distracción? ¿No es añadir más leña al fuego? ¿No se producen, a diario, amenazas, por desgracia? 

A mí, sin ir más lejos, el verano pasado, un agricultor de Villarrubia de los Ojos me amenazó con un tractor, arremetiendo a toda velocidad contra mí, dentro de una finca de mi propiedad, frenando de golpe y quedándose a escasos cinco centímetros de mi cuerpo. La Guardia Civil, es decir, un cabo y un guardia, cuando llegaron, no me hicieron ni caso. Lo peor es que la jueza de Daimiel, tampoco. Archivó mi denuncia. Eso es más grave que el envío de una navaja con sangre en una carta. Pero, me alejo un poco en el tiempo. En Navas de Estena tirotearon la casa del alcalde, de noche, mientras dormía con su familia. No pasó nada. Claro, era de Izquierda Unida. Hace poco le prendieron fuego a los exteriores de la casa rural que tiene...Tampoco pasa nada.

Como decía, amenazas, por desgracia, se producen a diario. Hay quiénes tienen una seguridad extraordinaria, de manera que no parece que haya que darle tanta importancia. ¿Lo estoy justificando o legitimando? De ninguna manera. ¿Lo estoy normalizando? Falso.

Contaré otro caso. Acaban los procesos selectivos para el acceso al Cuerpo de Maestros. A algunos miembros de un tribunal les llega una carta sin remitente. Son amenazas de muerte. Les dicen que, lógicamente, tienen sus direcciones. A una de las profesoras, embarazada de casi ocho meses, le dicen que le van a pegar una patada en la barriga para que aborte. A otro, que lo van a matar...Nada, no pasa nada. El entonces delegado provincial en funciones, concretamente, el secretario general, no hace nada. Casi se podría decir que ni se inmutó. Se interpusieron denuncias. Nada. Se sabía quién había sido pero...

Yo creo que habría que serenarse, respirar profundo, pensar en lo que verdaderamente importa a las personas para estos cuatro años y dejar de insultarse y descalificarse unos a otros.

Y, por supuesto, investíguese y persígase a los culpables y a los responsables, pero que haya un juicio justo y no un aluvión de acusaciones en falso y de justificaciones sin sentido.

Y, como decía al principio ¿cómo no voy a empatizar con las personas que han sufrido amenazas, si las he sufrido en mis carnes? 

Por último, sería curioso que los políticos hablaran abiertamente de este oscuro tema de las amenazas. Los políticos y quiénes no lo son. Podrían hablar los policías, los jueces y todas las personas, hombres y mujeres que las vienen sufriendo, más o menos en silencio. Quizás entonces merecería la pena que los ministros y ministras y la clase política y judicial hablaran en voz alta y clara, preferiblemente, en período no electoral.

sábado, 9 de enero de 2021

Recuerdos de infancia, adolescencia y juventud, 5: "Ojo pocho", con todo respeto.

 Era el año 1973, aproximadamente. Yo era un niño de unos once años. Lo digo así, con cierta duda, porque no me acuerdo bien, podría tener un año más. Estaba en un internado de los padres escolapios, el "San Fernando" (1) , de Madrid. Aquel colegio era impresionante en todos los aspectos. 

Cuando conté, hace ya una década, a mis alumnas y alumnos de sexto de Primaria, que yo había estado interno me miraron con cara de compasión y gran asombro,  expresándome poco menos que sus condolencias y temores. Por aquellas fechas había una serie de televisión que hacía furor, y de la que no soporté más de cinco minutos. Esos chicos y chicas pensaban que un internado era algo tenebroso, lleno de peligros y desgracias, incluyendo los asesinatos y cosas por el estilo. Aunque no dediqué mucho tiempo a aclarar algunos conceptos históricos sí recuerdo que intenté hacerles ver que, en aquella época de la que hablo, los internados no se parecían absolutamente (se podría decir, enfatizando y marcando mucho las sílabas"ab-so-lu-ta-men-te") nada a lo que se presentaba en el programa mencionado.

Como decía, aquel colegio era extraordinariamente bueno y todavía hoy, cuarenta y tantos años después, como alumno y como profesional de la Educación, sigo pensando que fue una gran suerte haber estado allí tres años de mi vida. Fue duro, pero mereció la pena. 

Hoy he recordado una anécdota que me ha hecho reír como hacía tiempo. Quiero dejar dicho que lo que cuento es totalmente real y que no hay lo más mínimo de maldad, desprecio, burla o humillación en mis palabras.

Lo cierto es que, entre las personas que vivían en el colegio, además de los más de 250 alumnos internos y la comunidad de padres escolapios, había un señor que en aquellos tiempos nos parecía muy mayor. Yo diría que estaba muy cerca de los noventa, pero aclaro que los ojos de un niño no son los más adecuados para "calibrar" o estimar la edad de los adultos. Lo cierto es que estaba jubilado y vivía allí, supongo que como antiguo fiel empleado. Solía vestir con un mono azul, arrastrar un poco los pies, que soportaban ya un cuerpo grueso y un tanto temblón. Además, usaba gafas y al menos un ojo lo tenía algo dañado. Era como si el párpado inferior estuviera caído mostrando un color rojizo. Uno de mis mejores amigos, rápidamente, lo bautizó con el expresivo nombre de "Ojo pocho". Y entre nuestro grupillo así se quedó el buen hombre. Nos saludaba, lo saludábamos pero, a solas, hablábamos de él con ese apodo que no tenía malicia alguna.

Un buen día me dijo que qué pasaba con las venticinco pesetas. Creo que no le supe contestar. Y ya, cada vez que me veía, me decía algo al respecto, sin que yo intuyera siquiera el significado. Un día le dije que quizás me confundiera con otra persona. Pero un poco después me dijo que yo no le había devuelto dicha suma. Me sorprendió mucho porque yo ya era para él "el de las veinticinco pesetas", sin haberlo sabido hasta ese momento. Le pedí que me lo explicara y era muy sencillo. Me aclaró que me había dejado veinticinco pesetas y que yo no se las había devuelto. 

Lo cierto es que nunca le pedí dinero prestado ni me lo ofreció. En el internado, además del dinerillo que pudiéramos tener de la última vez que hubiéramos ido a nuestra casa, o de haber recibido la visita de nuestros padres o familiares, solíamos disponer de una cantidad que nos custodiaba uno de los padres (¿seminarista en algún caso?) que estaban como responsables de nuestra sección (o dormitorio)(2). Así, podías tener, por ejemplo, quinientas pesetas, que le habían dado nuestros padres o nosotros mismos. Cuando te hacía falta, ibas a su habitación, hacías cola, y le pedías al padre Javier, lo que te hiciera falta.

Este señor me confundía y siguió diciéndome siempre, como saludo "el de las veinticinco pesetas". Y yo, con mi hermano, he mantenido esa peculiar forma de autodenominarme o de hacer mención a otras personas o situaciones un tanto indeferenciadas, más como saludo, como simple interjección, con función fática o de contactoentre nosotros. Con el tiempo, y de forma inconsciente, fuímos aumentando la cantidad. Así, podíamos decir. ¡hola, el de las cien pesetas!

En aquellos tiempos, el metro de Madrid, que cogíamos solos, costaba tres pesetas. Una caña de cerveza, seis o siete, un bocadillo de calamares, en el mítico y emblemático bar de los calamares de la calle ¿Gaztambide?, nueve. Allí, a regañadientes, nos obligaban a ir los mayores, a comprarles un bocadillo, cuando les apetecía. Los mayores eran los alumnos de COU o de tercerro de bachiller. ¡Gigantes para nosotros¡ Lo bueno era que alguno, generoso, nos daba una propina o nos decía que nos tomáramos otro. Así que, pronto, empezamos a ir cuando nos apetecía y disponíamos de dinero. Ese bar era, entre otras cosas, un punto estratégico al que acudían muchos legionarios, personajes también de los más curiosos que veíamos por el centro de Madrid en esos años. Altos, fuertes, descamisados, barbudos, con hambre y sed y metidos en sus propias burbujas, como casi todo el mundo. Alguna vez alguno nos saludaba, pero eran las menos veces.

No sé si ya en los últimos meses de mi estancia en aquel internado, ya con trece años, dejó aquel hombre, del que no recuerdo su nombre, de llamarme "el de las veinticinco pesetas". Por allí estaban, además, "el Dálmata", los cocineros, las señoras de la limpieza y del comedor, -especialmente la señora Isabel, con su paciencia y bondad natural-, y algunos más.

Fueron años muy intensos de los que podría contar muchas historias. Algunas divertidas o curiosas, otras, atroces, otras, cargadas de significación, educativa o sociológicamente. Por el momento me quedo con ese mote tan ocurrente y descriptivo que sólo usábamos Fernando, José Juan, Manolo, Jacinto, Gonzalo y algunos más (3).

Recuerdo, por ejemplo, el día que asesinaron a Carrero Blanco, un 20 de diciembre de 1973, nada más y nada menos que el presidente del gobierno de España. O cuando paseó, en coche, por Madrid, el presidente de Estados Unidos, Gerald Ford. Y cuando se produjo un impresionante socavón en las calles de Andrés Mellado y Joaquín María López y la fotografía fue la portada del ABC. O cómo había colas interminables en un cine muy cercano al colegio, en la calle Andrés Mellado, sobre todo de jóvenes melenudos y barbudos y chicas con minifalda, con aspecto de "jipis"(hippies), para ver la película "Tocata y fuga de Lolita". Por mi colegio pasaron, entre otros, Félix Rodríguez de la Fuente, Pelé y Kiko Ledgard, padre de varios alumnos, de los muchos hijos que tenía. Allí conocí a gente maravillosa y aprendí mucho en todos los sentidos. Los padres escolapios y el profesorado eran, sencillamente, extraordinarios. Del señor que me llamaba "el de las veinticinco pesetas" guardo también un recuerdo entrañable.

El año 1974 o 1975 supimos que los escolapios habían vendido el colegio y estaban contruyendo otro, muy moderno, en Pozuelo de Alarcón. Allí ya no habría internado. Los tiempos estaban cambiando. Hubo algunas protestas y se hizo una presentación oficial, que apareció en la prensa. Se mostró la maqueta del nuevo proyecto. Los últimos días del curso algunos padres del colegio de Getafe estuvieron allí eligiendo los muebles que se llevarían. Estaba previsto demoler el edificio pero al final no fue posible.

Los internos, algunos, fuímos a Getafe y otros al Calasancio. Visitamos varias veces el lugar en el que estaba nuestro colegio. Hubo ocasiones en las que quedábamos unos antiguos compañeros y recorríamos esas cuatro calles, con una mezcla de emoción y, en algún caso, de cierto dolor.


Mis primeras fotografías en un "fotomatón". No las pude entregar porque me parecía que, con esa cara, muerto de risa, no procedía. Ahora me alegro mucho de tenerlas. Son de septiembre u octubre de 1972.

Mural realizado en 1973, cuando estaba en quinto de E.G.B. El tema era uno de mis favoritos, con diferencia...y lo sigue siendo.


(1) El "San Fernando" se encontraba en el barrio de Argüelles y se encontraba entre las calles Donoso Cortés nº 80, Andrés Mellado, Joaquín María López y Gaztambide. Su historia se puede leer en este enlace, correspondiente al llamado "cuarta época".

(2) Había tres secciones, la de los mayores, en la cuarta planta. La nuestra, en la quinta planta, y la de los pequeños, en la sexta planta. 

(3) No escribo apellidos ya que hace muchos años desde que no tengo contacto con ellos.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Recuerdos de infancia, adolescencia y juventud. Los bocadillos de tortilla con cebolla de Grao.

 Han pasado casi cincuenta años. Quizás este breve relato no se entienda por nadie o, quizás, por muy muy pocas personas. Pero me da un poco igual. Yo siento la necesidad de contarlo. Hoy, en el cine, de pronto me he acordado de una anécdota de mi infancia. Yo tenía diez años. Era uno de los más de doscientos alumnos internos de un colegio escolapio de Madrid. Los lunes tenían una mezcla de duros y reconfortantes. No sé si lo sabré expresar en su justa dimensión y con la profundidad que suponía para mí. El lunes era la vuelta a la rutina, a la normalidad muy entrecomillable. Es decir, a la normalidad dentro de toda una excepcionalidad que nos había sobrevenido de una forma un tanto repentina. El lunes era otra vez el madrugón con esa música que se me clavaba y me hacía sentir mi soledad más profundamente que en ningún otro momento. Todavía hoy, al pensar en aquellos momentos me emociono y afloran las lágrimas, que consigo contener, como entonces.

La música que más me dolía era la del cóndor pasa, pero no estoy seguro del todo. Quizás fuera una sintonía radiofónica del momento. Era 1972. Lo cierto es que había algo de alivio también porque suponía una semana menos, porque veíamos a nuestros compañeros de clase y a  nuestros profesores. Además, volvíamos a vera los internos que se habían ido de fin de semana. Era también un sentimiento poliédrico y contradictorio. Pero bueno, el recreo era ya el momento estelar. Allí apenas si recuerdo a un interno que se iba casi todos los fines de semana. Era del norte y tenía a algún familiar en el extranjero. Aparecía con un bocadillo de tortilla de patatas impresionante. Era sencillamente espectacular. Grande, jugoso y con un grosor nada común. Alguna vez me lo dió a probar. Para mí fue una experiencia confusa. A pesar de mi apetito y mis muchas ganas aquella tortilla era diferente a la que yo había probado. Tenía un sabor que me resultaba muy raro, casi como picante, pero no era eso. Me dijeron que era la cebolla. Para mí, con esa edad, algo incomprensible. ¿Existían bocadillos de tortilla de patata con cebolla? Evidentemente la respuesta era afirmativa, ante mi confusión. Grao se comía su bocadillo cada lunes como si fuera un trofeo que otros no habíamos conseguido. A veces compartía un bocao, pero poco más. A mí, ese sabor, me disgustaba. Años más tarde, cuando empecé a cogerle el gustillo a esa forma de hacer la tortilla, me venía a la cabeza aquellos tiempos mágicos, preciosos y atroces. Después empecé a cocinar y la cebolla ya estaba presente en casi todas mis comidas. Hice tortillas casi por devoción. Las hice de todos los tamaños, grosores y sabores. Las hice como peculiar forma de despedir el año escolar cada mes de diciembre, con mi alumnado y mis compañeros y compañeras de colegio.

Cada cierto tiempo recuerdo aquellos impresionates bocadillos de Grao, un chico que se iba casi todos los fines de semana.

Tortillas de patata sin cebolla hechas en un campamento de verano.


miércoles, 18 de noviembre de 2020

Ignominia y mentiras del presidente de la Diputación Provincial de Ciudad Real, José Manuel Caballero.

  Seré breve, como requiere la situación. Las palabras del presidente de la Diputación Provincial de Ciudad Real, José Manuel Caballero con motivo de la instalación de una placa con los nombres y apellidos de los fusilados en la posguerra en el cementerio de Piedrabuena, Ciudad Real, son, sencillamente, ignominiosas y, sobre todo, falsas. 

Siento verdadera vergüenza de lo que dijo y espero que pueda rectificar. Por cierto, es justo lo que nos hacía falta, en plena pandemia, ¿esas son las prioridades del PSOE en momentos tan difíciles?

No merece la pena entrar en detalles, ante la burda mentira. Pienso, sobre todo, en las familias de los asesinados en 1936, cuya memoria se quiere borrar y hasta prohibir y perseguir, y cómo con la nueva ley que prepara el gobierno, con la curiosa denominación de "Memoria Democrática" todo será precisamente eso, una gigantesca mentira.


Pintada en Ciudad Real, hace unos años. No me extrañaría que por publicar esta imagen me puedan denunciar, atacar, o procesar.

sábado, 27 de junio de 2020

Esa sopa tan común llamada envidia.

La envidia es un sentimiento humano. Desde pequeños aprendemos a reconocerla fuera y dentro. A veces, muchas veces, no da la cara, no se manifiesta, no se ve con facilidad. En dosis muy muy pequeñas, supongo que es no sólo normal sino hasta aconsejable. Pero la verdad es que la envidia existe. Se puede pensar que no, habida cuenta de la escasa atención que se le presta. No se estudia, por ejemplo, con la intensidad y objetividad necesarias. Curioso si lo comparamos con tantas áreas, asignaturas, contenidos, competencias, conceptos o temas. No hay un delito ni una falta que la configure o delimite. ¿Se habla de ella? Creo que mayoritariamente en el ámbito privado pero a veces salta al escenario público. Pero lo cierto es que se ha dicho que la envidia era o es el gran pecado, la gran falta o defecto de los españoles. Y no menos cierto es que se trata de una sopa muy común, de una suerte de charco muy extenso, un lago de profundidad desconocida y de características poco visibles. 
Pero, si se presta atención, antes o después, la envidia aparece, asoma con su forma de lengua bífida, de mirada de reojo, de hacer el vacío, de dar de lado, de ninguneo, de no hacer aprecio, de soltar frescas, o nada frescas, de contar algo al cabo de los años, de soltarlo en un estado de embriaguez, de entusiasmo, de miedo, de nerviosismo o en un simple ataque de sinceridad. A veces la envidia dibuja acciones absurdas, pero se expresa, porque no puede estar siempre oculta, o eso se cree.
Pienso, quizás porque no he leído lo suficiente, que en nuestra Literatura, es decir en la Literatura Española, aparece mucho menos de lo que le correspondería. Dejando de lado esta elucubración sobre algo que desconozco, sí me parece que este importante sentimiento humano es considerado como tabú. Mejor no hablar del tema. Pero lo cierto es que es un verdadero problema para las personas que la sufren, pero también para los que los rodean y, los que, de alguna manera, son el objeto de esa "desviación" de la conducta.
Hay un detalle que puede llamar mucho la atención y es cómo, en ocasiones, puede dar la cara al cabo de  años, de décadas y hasta de muchas décadas. Y, por último, la envidia afecta sorprendentemente incluso a aquellas personas que, de entrada, podría parecer que no tiene lógica que la experimenten. Hay quiénes dicen que es como una especie de vértigo, más acusado cuanto más alto se está. 

sábado, 29 de febrero de 2020

Cuando las formas inadecuadas reflejan el interior.

Una vez una mujer me dijo que no se puede caer bien a todo el mundo y que, en la misma medida, no todo el mundo nos puede o tiene que caer bien. La reflexión se fue haciendo cada vez más concreta, con ejemplos propios y ajenos. Así, surgieron en la conversación los casos de las personas que, dicho de alguna manera, "no saben", es decir, en realidad, por diferentes causas no son capaces de comportarse de una manera, digamos, respetuosa. Por otra parte estaban los que no querían, es decir, las personas que, sabiendo, no se comportan de una forma adecuada. Y la experiencia, el día a día, un mínimo de observación bastan para captar las diferencias. ¿Cómo explicar las grandes diferencias entre unas situaciones y otras de algunas personas y en algunas circunstancias? Así, esas personas que pasan por ser muy simpáticas, muy amables, muy...¿cómo pueden cambiar tanto en segundos?¿cómo se transforman en apenas unos centímetros de distancia? Todo en esta vida parece ser que tiene explicación.
Muchos años más tarde, con motivo del movimiento llamado 15-M un amigo me habló de un concepto que yo no conocía: el atasco o tapón emocional. Me puso algunos ejemplos. Me sirvió para identificar situaciones y vivencias, también propias y ajenas.
Lo cierto es que la híper-actuación y la actitud contraria son buenos indicadores de la realidad. De alguna manera, reflejan el interior, lo dibujan, me atrevería a decir, que con un estilo desgarradoramente hiper-realista.

martes, 11 de febrero de 2020

Echar en cara, ¡casi na!

Lo que para algunas personas es algo tan cotidiano que ni reparan en ello para otras supone un verdadero problema. Estoy hablando de esa conducta que denominamos "echar en cara" y que se puede denominar de diferentes maneras, con sus correspondientes matices, tonos, gesticulaciones, caras, situaciones...Así, se puede escuchar: reprochar, afear (la conducta), soltar (normalmente, soltarlo, soltarla), dejar caer, restregar ...
Cuando decía que para algunas personas supone un problema me refiero a que, por un lado, les resulta muy violento que les digan algo negativo pero también al hecho de que, por diferentes causas, les cuesta mucho recurrir a esa forma de comunicación que conlleva un cariz negativo, una suerte de ataque frontal que puede no casar bien con determinadas formas de ser, caracteres, costumbres, entornos, convicciones, deseos y hasta ideologías y creencias.
En el otro extremo, precisamente lo contrario. El reproche, en cualquiera de sus formas, como forma cotidiana de relacionarse. Y entre medias, millones y millones de posibilidades que tienen mucho que ver con factores no percibidos en la mayoría de ocasiones como pueden ser el lugar de procedencia, el carácter personal y/o familiar o el aprendizaje vivido (o sufrido,según se mire).
Lo curioso es que no se suele hablar mucho del tema. No suele aparecer ni en la gran pantalla, ni en la mediana ni en las ahora superabunantes y ubicuas, las pequeñas pequeñas, los móviles. En la radio y la prensa tampoco he topado con demasiadas alusiones, aunque quizás sean dos medios más ricos, en general.
Con el tiempo vamos aprendiendo a defendernos y, en la misma medida, más o menos, a "atacar", que puede ser una forma de ataque.
Una vez una joven, en una reunión familiar, tras varias intervenciones en las que se sucedían preguntas sobre cuestiones un tanto personales dijo algo así como: "yo también sé atacar", que me recuerda a otras formas parecidas como: "lo dejamos así o entramos en detalles...de todos".
En una ocasión, una persona que no había cumplido con su obligación y su compromiso profesional, para defenderse, dijo que no iba a permitir que se le afeara la conducta, y justo después inició su particular "repaso" (otro cuasi sinónimo de "echar en cara") a otros presentes, con la particularidad de que esos sí habían cumplido.
Son tantas las modalidades en pro y en contra que resulta difícil sintetizar. Desde luego es muy de agradecer cuando una persona te dice las cosas en su justo momento, con buenas maneras, delante de las personas justas...sin intención de dañar, ridiculizar o señalar. El respeto, la empatía, la cordialidad, lo que llamamos normalmente "educación" son motivos de aprecio y de agradecimiento. Y, en la otra orilla, ya sabemos lo que hay, y, muchas veces, quién o quiénes...
Decía Alfonso Ussía hace unas semanas en uno de esos artículos de La Razón que, como pimientos de Padrón, insultan o non...que un político reveló que hablaba muchos idiomas pero que, sobre todo, se sabía callar en todos ellos. Quizás sea esa una de las mayores virtudes del ser humano.

Continuará...

Continuará...

domingo, 26 de enero de 2020

Trazabilidad de la maledicencia y el falso testimonio.

Algunas veces me he preguntado por el origen de lo que llamamos maledicencia, falso testimonio u otras realidades semejantes. Hoy, curiosamente, para hablar de algo muy semejante se recurre al inglés. Así, se habla a diario de "fake news" o noticias falsas.
Lo cierto es que he detectado, en algunas ocasiones, la fuente de la que provenían algunas falsedades. En otras, me he quedado muy cerca, con algo parecido a una hipótesis con bastante fundamento. Lo cierto es que en demasiadas ocasiones hablamos como si supiéramos, afirmamos incluso acusaciones graves o sencillamente, faltamos a la verdad.

jueves, 16 de enero de 2020

Sobre el concepto "cerrilismo".

Llevo varios días pensando en el concepto "cerrilismo" y en su adjetivo, poco usado hoy en día, "cerril". 
Cuando yo era pequeño nuestros mayores usaban un vocabulario muy rico y expresivo que, a mi juicio, está desapareciendo o, al menos, escaseando. Otras palabras son usadas en su lugar, muchas veces procedentes del inglés. En mi opinión, en términos generales, es un error y, sobre todo, una pérdida, pero el habla evoluciona y cambia, a pesar de la Lengua. Ayer, sin ir más lejos, escuché al cantante Loquillo en la radio, en RNE, con esa impostación intelectual que le caracteriza, hablar de los "luser" ("loosers", supongo). Me pregunto qué tanto por ciento de los oyentes de ese programa conocen el término y si tiene sentido expresarse así. ¿No lo sabe decir de otra manera, él, que va de...? Da igual, cada uno es cómo es.
Sea como fuere, lo cierto es que la palabra cerril es muy necesaria, desafortunadamente, hoy, en 2020. Tras echar un vistazo al diccionario de María Moliner y al de la Real Academia de 1992, me quedo con ganas de profundizar un poco en el trasfondo del significado. Aún corriendo el riesgo de decir auténticas barbaridades.

Así, cerril viene a significar salvaje, no domesticado, brusco, hosco, y, en particular, que no atiende a razones, obstinación ante la evidencia. Pero, lo curioso es que no se debería utilizar el término para designar por igual a la persona que, por diferentes causas, tiene una serie de carencias, problemas o síndromes con la que no presenta esas características. Es decir, si una persona, por no haber recibido la educación necesaria, o por haberla recibido con una orientación más bien negativa, se comporta cerrilmente, se puede comprender y perdonar. Un hombre o mujer con un trastorno del tipo que sea no es igual que quién aparentemente es muy correcto.
Sin embargo, cuando esa persona cerril no presenta esas carencias y su comportamiento obedece al mal humor, al odio, al desprecio, a la inquina, a la negación de lo evidente -porque no se acepta la crítica, porque no se soporta que nos corrijan, multen, enmienden, lleven la contraria, porque no se admiten las diferencias ideológicas, religiosas, sexuales, raciales, económicas, culturales, sociales, locales o nacionales...-entonces, estamos hablando del verdadero, del genuino, del auténtico cerrilismo. Y ese es el que molesta de verdad, el que duele, el que hiere y del que hay que protegerse, sin llegar nunca a ponerse al mismo nivel, pero sí con energía, con fuerza, con la inteligencia emocional que se disponga, con habilidad y con la capacidad de evitarlo, sobre todo, en el futuro.

Si se piensa con calma, hay grados y no es lo mismo que alguien suelte lo que se suele denominar "una coz", ya de por sí preocupante y hasta peligrosa, sobre todo para las personas con sistemas inmunológico-emocionales por debajo de la media, a vivir todo el desarrollo del paroxismo cerril, que se suele retroalimentar, como algunas tormentas.

Ambientes y atmósferas favorables hay y hasta propicias y generadoras de esas actitudes. Lo que suelo denominar "la politiquilla", o la política de mi baldosa, el egoísmo, la falta de empatía, la envidia, el sentimiento exacerbado de clan o grupo, la mediocridad estructuralizante, la autocomplacencia, el apoyo incondicional, el narcisismo en cualquiera de sus formas, los ambientes, en general, muy cerrados sobre sí mismos...suelen generar esas conductas.
Lo cierto es que el cerrilismo existe y cuando se vive de cerca resulta bastante negativo. Y lo eor que se puede hacer ante una manifestación cerril es reír la gracia. 
El ser capaz de escuchar, de leer, de observar, el estar en disposición siempre de aprender, de descubrir, de sorprendernos, el mantener la curiosidad como una luz que nos guía, son verdaderos antídotos contra el cerrilismo. Por cierto, el alcohol y otras sustancias yo las considero, siguiendo el ejemplo de nuestro ejército, no un atenuante sino un agravante. Un amigo me decía hace poco que él no suele beber pero que cuando lo hace se pone cariñoso, más agradable, simpático, y hasta parlanchín...frente a los que se ponen agresivos, maleducados, faltones y demás...incluyendo esa categoría de la que estoy hablando: el cerrilismo.
Y por último, hay quiénes sacan provecho de esas conductas y las inducen, las propician, y me atrevo a decir, que las cultivan...Desconozco si hay vocablos en español para ellos. Me quedo con la idea de que quien siembra vientos recoge tempestades.

domingo, 25 de agosto de 2019

Aquella foto de un lince ...

Años setenta del siglo XX. Un internado religioso. Tiempos difíciles. Tiempos de cambios. Transición. Violencia. Miedo. Inseguridades, muchas, por todas partes. Incertidumbres. Esperanzas, también. Sueños, casi infinitos. Muchos, quizás sólo algunos, cimientos, tiemblan. Terrorismo. Atentados. Represión. Crisis, crisis, crisis...Insultos en cascada. Descalificaciones. Mentiras y verdades que tejen el día a día. Luchas también pacíficas. Silencios. Avances. Retrocesos. Enquistamientos. Engaños. Envidias. Envidia a mansalva. Resentimientos. Olvidos. Perdón, también perdón.
Y en ese tiempo, que parece incierto, atroz y gris, una pequeña foto de apenas cuatro o cinco centímetros de lado, de alguna revista en color no identificada, se convirtió en una ventana abierta a la vida, a la Naturaleza prístina y llena de color. Era la llave que abría la puerta pesada del día a día y conducía a un techo en lo alto de una selva, de un bosque, de una sierra...
Aquella foto era como una batería o un motor capaz de sacar a aquella persona de su tristeza, de su soledad, de sus miedos, de su dolor. Aquella foto de un lince, de apenas unos centímetros de lado...¡era en realidad tan grande!¡Era tan, tan profunda!¡Significaba, sobre todo, el futuro, que se abría frente al horizonte cercano, oscuro y casi indivisable! ¡Era la paz interior rodeada de trincheras y armaduras! Aquella pequeña foto de un lince era un camino placentero e instantáneo, un sueño, un sustituto de otras realidades que estaban lejanas.
¡Una pequeña foto de un lince!¡Era en realidad tan grande!¡Era tan, tan profunda!

lunes, 18 de febrero de 2019

Sentimientos y palabras, 2. Juzgar, para los jueces.

Muchas veces, consciente o inconscientemente, hacemos daño a otras personas, o nos lo hacen a nosotros. Estamos, en general, muy acostumbrados, a opinar casi de todo y, de alguna manera, a juzgar. Y eso conlleva un riesgo muy considerable y un impacto que suele ser negativo. Juzgar o evaluar no es tarea fácil. Los jueces y todo tipo de expertos que se dedican total o parcialmente a realizar valoraciones, evaluaciones o juicios lo saben bien. Si de lo que se habla es de personas, esas situaciones son más difíciles aún. No es lo mismo decir si un objeto o sustancia, una planta, un animal, un alimento...es bueno o no, si nos satisface, si se ajusta a lo establecido o esperado que hacerlo refiriéndonos a nuestros semejantes. Y, hablando de semejantes, la distancia es un mundo. No es lo mismo juzgar a una persona que vivea mil kilómetros que a la que vive, por ejemplo, en tu misma calle o edificio.
Desde el mundo del pensamiento, de la psicología, de la religión, de los principios y valores humanos se nos inculca, o se intenta al menos, que no se debe juzgar a nadie, pero la realidad no parece entender esas normas. De manera que es "lo más normal del mundo" que estemos siendo juzgados en todo momento y que, a su vez, nosotros hagamos lo mismo. Y de alguna manera, cuando se juzga se dicta sentencia. Y lo preocupante puede ser que hay sentencias firmes pero, sobre todo, erróneas y malintencionadas, deliberada o indeliberadamente. Me explico. Una persona puede tener o sentir envidia -"coseja" que se llama-, celos, manía, rencor, resquemor, miedo, desconfianza, desapego, antipatía...y no ser consciente de esos sentimientos. De manera que puede estar llevando una conducta negativa o "tóxica", como se dice ahora, contra otra persona y pensar o decir que en realidad la quiere mucho, la aprecia, la admira, le gusta, o que lo hace por su bien, con el clásico "quién bien te quiere te hará sufrir"...
Lo cierto es que hay personas que se pasan la vida emitiendo juicios a diestro y siniestro, independientemente de la profesión -incluso de fé-, el status, el nivel cultural o el halo de santidad o maldad que los acompañe. Y esas formas tan peculiares de clasificar, de nombrar, de categorizar, de encasillar... son verdaderamente dañinas.
Retirarse es una opción aunque quizás no sea la mejor. Enfrentarse es otra. Hacer ver que ese no es el camino parece más adecuado, aunque hay personas que no están dispuestas a aceptarlo. Como las hay que tienen toda una cohorte que son, en realidad, parte del problema. Se encumbra a alguien muchas veces y se va generando una guardia personal, un perímetro cuasi policial, formado por la familia, los compañeros de...lo que sea, las amistades, la clientela, los admiradores...
Es muy posible que este tipo de conductas tengan una base, o cierta base, al menos, cultural. Sin embargo, es también plausible que existan componentes psicológicos relacionados con patologías, con complejos, con síndromes, con traumas más o menos ocultos o latentes, con las sinuosidades del carácter, ese escudo o coraza, que decía Ortega y Gasset, creo recordar.
Una persona sana no va por ahí descalificando a placer, ni poniendo etiquetas peyorativas, ni ridiculizando, ni placando al otro, ni minimizándolo ni estigmatizándolo ni marcándolo ni señalándolo...Una persona que ama no hace ni dice esas cosas. Un creyente, un católico, si lo hace, se olvida de la regla número uno de su religión, "amarás al prójimo ..."


domingo, 17 de febrero de 2019

Bozales y carlancas.

Los seres humanos somos, en muchos aspectos, verdaderamente complicados. Ayer, una persona en el bar decía que había personas que tenían que llevar bozal para que otras pudieran quitarse las carlancas. Un extraño juego de equilibrios, entre la tensión continua.

viernes, 1 de febrero de 2019

Sentimientos y cuestión de palabras, a propósito de "Bagdad Café".

Viendo "Bagdad Café", esa película maravillosa, le surgieron unas preguntas interesantes. Así, se planteaba si era lo mismo el amor que el cariño familiar. Si había un nexo objetivo entre la sangre y esos sentimientos, si las meras palabras podían ser, como decía aquel poeta, un obstáculo o incluso un arma de doble filo. ¿Podía el nombre de un sentimiento modificar la realidad? ¿Una palabra sirve para oscurecer una vida? Al final, no son las realidades del color que las queremos ver. Esos colores del bar de carretera polvoriento ¿son reales? ¿Y nuestros recuerdos? ¿Coinciden con la realidad? Ese arma arrojadiza que vuelve, ¿qué es?¿un mal momento incrustrado, tallado, bruñido, grabado, marcado, esculpido, tatuado...?¿una herida que no cerró bien?
Se puede hablar de amor, de querer, de encariñarse, de dar cariño...pero ¿vuelve el recibido con la misma moneda? ¿La magia de quitar una cartera y devolverla al rato es como la carga afectiva recibida? ¿Hay que devolverla o no hay que devolverla? Como un simple saludo, un comentario, una sonrisa, una mirada, una simple palmada...¿Son de ida solamente? Jasmin quita y devuelve con gracia y alegría. Limpia y calla. Hace el café, cocina y ordena...escucha y valora...No es nadie, una solitaria más, una náufraga en un mar de arena y polvo, una clienta que paga. Al principio un incordio y después una razón de ser.
Brenda es la rueda de una máquina que no para de girar, y ya chirría a cada movimiento...
Y así pueden ser tantas y tantas vidas, con esos colores difíciles de creer, de entrada. Cielos azules, rojos, anaranjados, verdes, marrones, ocres, grises, negros...y cada color, con miles de tonalidades, son en realidad, inmensos mares de formas de sentir y de hacer sentir a los que están alrededor.
Una vez, en una discusión, una persona recriminaba a otra la falta de amor (querer) y la persona increpada se defendía con el escudo verdaderamente fuerte del respeto...
Pero como el bumerán, las vidas van y vienen, se cruzan, se acercan, se alejan, se acaban de golpe, no se vuelven a cruzar...se choca con un depósito de agua o se acaba en la mano jovial, que lo recibe con amabilidad, con franqueza...
Resumir una vida o unos años o la simple convivencia con una palabra es muy, muy complejo. Es como trazar el perfil de alguien con una brocha gorda en un pequeño papel. Simplificar está bien en Matemáticas y, muchas veces, hasta en las conversaciones. Pero tiene un riesgo alto. Desde luego Jasmin, en la película, limpia, ordena, trabaja, acompaña, ayuda, se preocupa, cocina, paga, ríe, escucha...hay quiénes opinan que lo de menos es cómo se llame "eso"...que lo importante es que "eso", se haga.




lunes, 17 de diciembre de 2018

Escuchar es muy difícil, pero se puede aprender, incluso de mayores.

Escuchar es muy difícil pero se puede aprender, incluso de mayores. Para millones de personas es un verdadero problema. Por un lado están los que no escuchan...y por el otro, los que se sienten no escuchados. Y entre medias hay un sinfín de posibilidades y de grados intermedios. Así, hay quiénes no escuchan pero se quejan de que no les escuchan -¿lo suficiente?- a ellos, o los que, directamente, se sienten muy mal porque no tienen a nadie, sin darse cuenta de que el verdadero problema es que no saben conversar, decir y escuchar sobre el mismo tema, sin enjuiciar, sin valorar, sin criticar, sin etiquetar, sin excluir las opiniones de nadie, sin tenerse que quedar encima, sin saberlo todo, sin negarlo todo, sin extenderse tanto como poara perderse (en inglés se usa la expresión "shaggy dog story" -historia de perro lanudo-con humor para referirse a los relatos tan detallados como innecesarios y aburridos)...
Hay quiénes escuchan pacientemente y cuando creen que les toca hablar se encuentran con una despedida, un cambio de conversación o un no rotundo...o un "sí, ya". En muchos casos una persona quiere contar algo y el nivel de escucha es tan, tan escaso, que las primeras palabras le sirven a su acompañante para seguir con la palabra...Por ejemplo:

-Ayer estuve...
-Sí, yo ayer estuve en el cine y vi...
Quince minutos después...
-Pues eso que te decía que ayer yo...
-Anda, no te lo he contado ayer yo ví a tu amigo...
Pasados otros diez minutos de relato...
-Sí, que te quería decir que...
-Oye, que no te he contado que he contratado...

Y a veces el mensaje se queda sin emitir, otras se lanza a trompicones, entrecortado, o sin llegar al final.
Pero hay situaciones más curiosas como cuando se quiere contar algo y a cada palabra se produce una interrupción "adivinatoria"...
-Ayer me llamaron...
-Sí, de una encuesta de esas de satisfacción, ¡qué rollo, tía!, a mí me llaman todos los días cuando me siento a comer...
-No, ayer me llamaron del centro de...
-¿Del centro cultural?, a mí también, con lo de la actuación de...que se pospone.
-No ayer me llamaron del centro de atención al cliente del...
-Ah, ya...

En fin, cada palabra que se avanza es una retahíla indagatoria y expositiva sin venir a cuento. Cabe plantearse si no se trata de maniobras más o menos conscientes.

La cultura popular ha generado expresiones a veces muy originales para describir esas situaciones tan incómodas y hasta nocivas para la convivencia. Por citar un ejemplo de Tomelloso, en la provincia de Ciudad Real, que seguro se usa en más lugares, escuchamos en una ocasión:
-!Es que no me dejas mojar sopa!
Hay otras muchas fórmulas más sencillas pero no tienen esa gracia. Se dice que te escuchen, que te esperen, que quieres decir algo...con mayror o menos acompañamiento de palabras de cortesía, con el "por favor", o el "si es usted tan amable" o "si me lo permite", o con alusiones a tiempos muy cortos, "un par de segundos", "un minuto"...
Lo cierto es que para muchas personas el diálogo, la conversación, la comunicación oral...es un verdadero sufrimiento. Así, encontramos a gente que no quiere hablar con determinadas personas, o que se niega a mantener diálogos y, en la otra situación, tanta y tanta gente que necesita, casi desesperadamente que la escuchen que, cuando cogen la vez no son conscientes de que hay necesidades del receptor también.
Las razones para ese no escuchar son múltiples. He leído algunas y otras son de cosecha propia. Desde luego el listado es largopero incompleto.Veamos algunas:

-Aprendizaje desde la infancia...Si en una casa no se suele escuchar es muy probable que la descendencia tampoco, pero no es un axioma científico.
-Generación espontánea...puede ser una cuestión neuronal, cerebral, química o de otro tipo.
-Ingesta de sustancias que "sueltan la lengua"...y a buen entendedor, pocas palabras bastan...
-El miedo y la inseguridad hacen que algunas personas no paren de hablar...
-La soledad...
-El sentimiento de superioridad. Quiénes no están dispuestos a escuchar algo porque ya se lo saben, lo saben expresar mejor, se sienten los cabecillas o líderes, creen que lo suyo siempre es más ocurrente, más interesante, más auténtico...
-Los que necesitan destacar, por ejemplo, delante de un jefe...
-Los que desean "anular" a otra persona, a otra opción...
-Los que sienten que lo hacen muy bien, por su gracia, por su soltura, por su naturalidad, locuacidad, comicidad, formación, liderazgo...

En español contamos con muchas palabras y expresiones que hacen alusión de forma más o menos exacta a esa dificultad de prestar atención a lo que dicen otras personas:

Abundante, bocarán, bocazas, charlatán, lenguaraz,... "no se calla ni debajo del agua"; "necesita un curso intensivo de buceo, pero sin escafandra"; "en boca cerrada no entran moscas"; "oveja que bala pierde bocao"; "por la boca muere el pez"; "ni que trabajara en Telefónica"; "necesita audiencia"; "le gusta escucharse";

Además, hay motes que se han venido utilizando para designar a quiénes no paran de hablar. Por ejemplo, "el mudo"...
Desde luego hay veces en las que con mano izquierda, con paciencia y humor se manejan bien estas situaciones. A veces no hay directamente contacto y puede darse incluso el enfrentamiento, el conflicto y la violencia. Hay casos de manual y de verdadera necesidad de ayuda especializada o terapia.

Hay personas con una capacidad inconmesurable para escuchar y, una buena parte de ellas son verdaderas heroínas, cercanas a la santidad, si se es creyente. En muchos casos se trata solamente de jerarquías, de todo tipo,de cualquier tipo...pero jerarquía, mantenimiento de un orden establecido dependiendo del "poder", en cualquiera de sus formas.
Hay gente que sufre, que lo pasa muy mal, y que no encuentran esos momentos para ser escuchados. Y hay igualmente quiénes sufren por su aislamiento, por la inexistencia de interlocutores.
En la llamada "educación reglada", desde la Educación Infantil se trabaja lo más intensamente que se puede esta habilidad "básica" para la convivencia. Quizás, visto lo visto, se debería trabajar mucho más, seguramente. Lo cierto es que el problema, la verdadera carencia, no está en la escuela, aunque se pueda contribuir. Se trata de una auténtica dificultad que se puede superar. Hay que ser consciente, en primer lugar, del alcance de nuesto discurso...y de nuestras características, positivas o negativas. Después, detectadas las dificultades habrá que leer, aprender, y ponerse manos a la obra, imponerse una disciplina y un programa de trabajo y, ponerlo en práctica, es decir, escuchar.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Aquellos libros sobre "el porqué de las cosas"...no hablaban de sentimientos.

Aquellos libros sobre "el porqué de las cosas" de nuestra infancia, tan curiosos, tan atractivos, tan interesantes, que explicaban cientos de misterios de la Naturaleza, del mundo físico y de los avances de la ciencia y la técnica satisfacían la curiosidad de los lectores. Sin embargo no hablaban de los sentimientos humanos. El refranero, los consejos de los mayores, el día a día nos iba enseñando. A veces una simple palabra, una mirada, una no mirada, un saludo o su ausencia, una frase...son todo un manual, un verdadero tratado sobre los sentimientos humanos. Es curioso como a veces se tarda tiempo en ponerle la palabra adecuada a algo que nos sucede y más curioso aún es que esas palabras no se suelen pronunciar, dependiendo de como se sea y se actúe. También sorprende lo mezclados que pueden aparecer esos sentimientos, como en una verdadera pugna entre lo positivo, lo neutro, lo negativo y todos los estadios intermedios, que pueden ser miles.
Hay realidades innombrables pero eso no significa que no existan. La educación, la buena educación que se suele decir, puede dificultar aún más la identificación, catalogación y difusión de estas realidades. Y por si fuera poco, están los valores humanos y las convicciones religiosas y/o éticas y convivenciales para ayudar pero también para establecer zonas de protección, perímetros de seguridad, que, de alguna manera, mejoren -o amortigüen-las relaciones.
En fin, ahora hay libros también para saber cómo funcionan nuestros sentimientos, emociones y relaciones, empezando por niveles muy, muy elementales. Ayudan a trazar esquemáticamente las líneas imaginarias de nuestros deseos y formas de relacionarnos.

La más primorosa flor...

La más primorosa flor, la más hermosa, la más fuerte, la más útil, la más temprana en florecer y la que más aguanta, la favorita, la preferida, la que no tiene espinas, resulta que a veces es un verdadero cenizo.


Nociva mente nociva y el aposematismo.

Aparentemente es muy buen alimento. ¡Tiene buen aspecto, buena pinta, resulta tan apetecible y atractivo! Sin embargo, desde pequeños nos enseñan a desconfiar de la simple apariencia. A mí me decía una tía mía que las mejores cerezas eran las que tenían peor aspecto ya que estaban picadas por los pájaros. Me costó probarlo pero llevaba mucha razón. Podríamos poner muchos ejemplos pero no parece necesario. En tantas ocasiones el envoltorio engaña, que llega un momento en que se tiene una intuición basada en la experiencia, en el análisis, en la reflexión y en la sosegada valoración de lo que de verdad nos gusta y nos viene bien. Hay flores preciosas, hay setas, hay frutos que, detrás de esa coloración, de ese brillo, de esa forma tan sugerente, esconden su veneno. Y luego nos encontramos con lo contrario, con esos diseños, formas, movimientos, conductas, colores que, siendo inofensivos, imitan a otros seres peligrosos. Es curioso pero la vida nos ofrece ese espectáculo tan confuso empezando por los más pequeños detalles.