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martes, 6 de mayo de 2025

Churro grande, churro pequeño...

 Deben ser como las ocho de la mañana. Churrería en ciudad mediana con mucha clientela. Una mujer de unos setenta y pico está sentada en un taburete en la barra. Es clienta habitual. Llega un hombre de algo más de sesenta, también es cliente habitual. Les ponen el café directamente porque los conocen. Esperan a que lleguen las bandejas ovaladas metálicas con el churro correspondiente. Uno es grueso y otro fino. La señora pregunta al camarero que si no los tiene finos. Le dicen que ya no quedan más que se tiene que esperar unos minutos. El hombre le dice:

-Señora, perdone, yo si quiere se lo cambio. Yo prefiero los grandes.

-Ah, pues sí. Es que tan gordo, si no tiene na más que masa...

Se los intercambian y se dan las gracias mutuamente. El camarero da el periódico provincial gratuito al hombre, como cada mañana, entre lunes y viernes. La señora lo rechaza con una leve negación de cabeza, mientras muerde su churro fino, sin tanta masa.

sábado, 6 de enero de 2024

sábado, 1 de abril de 2023

Maternidad subrogada no ¿y aborto sí?

 ¿Maternidad subrogada no y aborto sí? Me sorprende que porque una actriz recurra a la gestación subrogada se le de la importancia mediática que se le está dando. Pero mucho más me sorprende que a nadie haya oído decir ni una palabra sobre el aborto. No sé, no comprendo nada. ¿Cómo era eso del "nosotras parimos nosotras decidimos"?

Desde la trinchera se ve muy poco y mal la realidad: a propósito de Ian Gibson, como ejemplo.

 Creo que fue a un amigo a quién escuché por primera vez eso de "estar en la trinchera" para referirse a personas que tienen una actitud beligerante y muy centrada en sus ideas políticas. Me pareció muy ilustrativa y empecé, primero, a pensar a qué personas se les podría aplicar la expresión y después, a analizar situaciones concretas vividas.

Parece evidente que desde una trinchera, en el sentido literal del término, la visibilidad de la realidad es muy limitada. Si pensamos en el sentido figurado tengo la sensación de que la afirmación puede ser más discutible, dependiendo de quién opine. Pero parece evidente que desde un punto de vista determinado-léase ideología o posicionamiento-la objetividad, por difícil que sea, es mucho más difícil de conseguir. 

Viene esto a cuento porque estos días Ian Gibson, el hispanista irlandés nacionalizado español desde 1984, ha publicado sus memorias. Con ese motivo ha hecho algunas declaraciones que me parecen que son perfectas para "retratarse". Me sorprende porque, además de temas literarios, ha realizado importantes trabajos de investigación histórica. Y es ahí dónde surge más que la duda la confirmación de que su posicionamiento le impide ver medianamente la realidad. Es como si, parapetándose en su currículum, en su alto nivel académico, en su trayectoria profesional...se pudiera permitir decir verdaderas barbaridades. 

Así, un historiador de renombre que ha trabajado en profundidad temas tan complejos como los de la violencia en España y la II República y el Franquismo, que catergorice, generalice y simplifique la actualidad (y el pasado) demuestra cuán lejos está del más mínimo intento de comprender la realidad. 

En fin, credibilidad muy cercana a cero la de Ian Gibson.


sábado, 11 de marzo de 2023

Trivializando y ocultando la emigración: gente por el mundo.

 Hace ya bastantes años desde que le dije a una compañera de trabajo que esos programas de "gente" por el mundo no dejan de ser una trivialización, cuando no negación, de un hecho y de una realidad humana muy compleja y, mayoritariamente, dura. 

Mostrar las atracciones turísticas, las costumbres, las normas y lo anécdótico de una ciudad o pueblo de otro país en el que se vive, por una persona que trabaja o reside allí, un "compatriota", parece que da buenos resultados televisivamente hablando, a juzgar por la proliferación de este formato en las diferentes cadenas de televisión, incluyendo las autonómicas. Resulta curioso, agradable, y nos muestra otras formas de vida. 

Pero...¿y la mirada crítica a esos movimientos de millones de personas en todo el mundo? ¿No nos interesa?¿no vende? Y, por cierto, cuando se ha sido emigrante se tienen vivencias de lo más variado pero, pienso, nada parecido a ese mundo feliz, de éxito y trabajo. Ese mundo (o submundo) de personas atrapadas en otros territorios, en los que apenas sobreviven, no se ve reflejado. Yo conocí gente que en nada se parece a estas historias que, por minutos, veo en la tele. Recuerdo a un murciano, por ejemplo, que nos pedía dinero prestado para hacer un viaje a España para "despedirse" de su padre. Era Inglaterra, 1987. Llevaba casi toda su vida allí, viviendo de alquiler en una habitación, con derecho a baño, y dos trabajos diarios, un "fultaim" (full-time) y un "partaim" (part-time), es decir, un trabajo de horario completo, ocho horas diarias, y otro de dos o tres horas, de los que hacíamos tantos y tantas inmigrantes.

En fin, la emigración existe y esa cara tan lavadita y bonita no se corresponde con la realidad.

lunes, 19 de septiembre de 2022

Joan Baldoví, el valenciano, racismo y el tema de la expulsión de los moriscos.

 Joan Baldoví es un político que, cada cierto tiempo, aparece en los medios de comunicación con sus declaraciones y reflexiones. En los últimos días ha sido noticia por la defensa de una medida polémica: la expulsión de su puesto de trabajo de una profesora de música con treinta y cinco años de experiencia porque no tiene la acreditación lingüística en valenciano.

Sus palabras me han recordado automáticamente al interesante y muy didáctico tema de la expulsión de los moriscos, en las dos primeras décadas del siglo XVII. Uno de los "problemas" que encontraban algunas autoridades y otras personas era precisamente que no hablaban español o, peor aún, que conservaban su lengua y su cultura. Curioso porque este político va de progresista, pero, además, siendo valenciano de nacimiento y habiendo sido Valencia el reino en el que empezó la expulsión y dónde tantos miles de familias fueron obligadas al destierro parecería que debería manifestar otro talante.

Habla de amor a la tierra...No sé, para mí el amor a la tierra es otra cosa muy diferente. Me pregunto qué diría si desde otros partidos políticos se propusiera expulsar de sus trabajos a los extranjeros que llevan aquí determinado número de años, aunque fueran treinta y cinco y no hablan español, o valenciano, o catalán, o vasco o gallego...

¡Palabras huecas! Osea, ¡racismo!

domingo, 21 de noviembre de 2021

Recuerdos de infancia y juventud, 6: El "Dálmata" y la simpatía variable.

  Muy pocas personas en este planeta saben de quién hablo. Más de siete mil millones de personas y el Dálmata es una especie de clave íntima a la infancia de menos de media docena de personas. Lo cierto es que era un trabajador en lo que hoy denominamos genéricamente "administración y servicios" en un internado religioso de los años setenta del siglo XX, en Madrid. En cuanto lo vi me vino a la mente la imagen de esos cánidos tan "lindos" pero que a mí me parecían, sinceramente, horribles y, sobre todo, horteras. Eran los ojos de un niño de diez años.

Aquel hombre me parecía un múltiple prisionero, perdido en ese traje y debajo de ese bigotillo tan lineal y de moda. Me trasmitía todo el servilismo -aunque yo no conocía ni la palabra ni el concepto- que precisamente veía en algunos perros, prestos a acudir a la llamada de sus amos. Digo múltiple porque creo que, como casi todo el mundo, tenía que obedecer a demasiados "dueños", superiores, jefes o personas de su entorno. 

 Además, yo creo que también tenía un olfato, un oído y una vista privilegiados. Adoptaba posturas que me recordaban a los "pointer". Era como un verdadero detector de travesuras e infracciones.

Me sorprendió mucho al ver cómo se sonrojaba cuando el padre prefecto lo llamaba. De pronto, me venía a la memoria su imagen super-simpática con las madres y los padres que, por cierto, le daban muchas veces una propina, que contrastaba con la del hombre ya maduro, quizás cuarenta y tantos, quizás cincuenta y pico, que mantenía una actitud seria y hasta grave y que, llegado el momento, se enfadaba, como Dios quiere y manda.

Lo cierto es que ahora, cuando observo, con y sin detenimiento, las actitudes de tantas otras personas, compruebo cómo se comportan. Y lo que me llama la atención es que algunas, calificadas socialmente como muy simpáticas muestran una cara de... pocos amigos, como mínimo, muy llamativa.

Me sorprende esa variabilidad que se me antoja un tanto canina. Por ejemplo, a las cinco, seriedad y distancia. A las nueve, delante de audiencia, simpatía y cariño, como si hubiera un premio, un aperitivo o una evaluación pendiente.

A veces me he planteado si no será un efecto, o defecto, de percepción del observador. Otras, si quizás se pueda tratar de una especie de síndrome, de complejo, de problema de algún tipo. Pero, finalmente pienso en la posibilidad de que se trate de una conducta generalizada que nos ataña a prácticamente todo el mundo. 

Dicho así, el Dálmata, de quien no recuerdo el nombre, creo que no era mala persona sino que tuvo que lidiar con situaciones para las que quizás no estaba preparado. Pero eso nos pasa a la inmensa mayoría.

martes, 27 de abril de 2021

¡Demasiado revuelo por unos anónimos y una navaja!

 Sí, definitivamente, y sin paliativos, el que estas palabras escribe, está totalmente en contra de cualquier tipo de violencia y de amenazas. Sin embargo no entiendo qué tipo de políticos prefieren hablar de algo tan, lamentablemente, cotidiano, como unas amenazas por carta, anónimas, en lugar de ceñirse a sus obligaciones presentes y, sobre todo, futuras. Ya se ha dicho hasta la saciedad quiénes eran los culpables, e incluso, los responsables: determinado partido político al que se identifica con el fascismo. No había pruebas pero se insinuaba o afirmaba abiertamente que ese grupo estaba detrás. 

Cuando se descubre que uno de esos envíos tan desafortunados e improcedentes provienen de una persona con problemas mentales, se argumenta que en realidad son el fruto de unas semillas previamente plantadas. Curiosa explicación de esa actitud delictiva. Ya se ha trazado la trayectoria completa, la genealogía, de unas formas concretas de hacer política...

¿No será que, a falta de argumentos sólidos, de un discurso bien elaborado con datos fiables, creíbles y proyectos, se recurre a estas estrategias de distracción? ¿No es añadir más leña al fuego? ¿No se producen, a diario, amenazas, por desgracia? 

A mí, sin ir más lejos, el verano pasado, un agricultor de Villarrubia de los Ojos me amenazó con un tractor, arremetiendo a toda velocidad contra mí, dentro de una finca de mi propiedad, frenando de golpe y quedándose a escasos cinco centímetros de mi cuerpo. La Guardia Civil, es decir, un cabo y un guardia, cuando llegaron, no me hicieron ni caso. Lo peor es que la jueza de Daimiel, tampoco. Archivó mi denuncia. Eso es más grave que el envío de una navaja con sangre en una carta. Pero, me alejo un poco en el tiempo. En Navas de Estena tirotearon la casa del alcalde, de noche, mientras dormía con su familia. No pasó nada. Claro, era de Izquierda Unida. Hace poco le prendieron fuego a los exteriores de la casa rural que tiene...Tampoco pasa nada.

Como decía, amenazas, por desgracia, se producen a diario. Hay quiénes tienen una seguridad extraordinaria, de manera que no parece que haya que darle tanta importancia. ¿Lo estoy justificando o legitimando? De ninguna manera. ¿Lo estoy normalizando? Falso.

Contaré otro caso. Acaban los procesos selectivos para el acceso al Cuerpo de Maestros. A algunos miembros de un tribunal les llega una carta sin remitente. Son amenazas de muerte. Les dicen que, lógicamente, tienen sus direcciones. A una de las profesoras, embarazada de casi ocho meses, le dicen que le van a pegar una patada en la barriga para que aborte. A otro, que lo van a matar...Nada, no pasa nada. El entonces delegado provincial en funciones, concretamente, el secretario general, no hace nada. Casi se podría decir que ni se inmutó. Se interpusieron denuncias. Nada. Se sabía quién había sido pero...

Yo creo que habría que serenarse, respirar profundo, pensar en lo que verdaderamente importa a las personas para estos cuatro años y dejar de insultarse y descalificarse unos a otros.

Y, por supuesto, investíguese y persígase a los culpables y a los responsables, pero que haya un juicio justo y no un aluvión de acusaciones en falso y de justificaciones sin sentido.

Y, como decía al principio ¿cómo no voy a empatizar con las personas que han sufrido amenazas, si las he sufrido en mis carnes? 

Por último, sería curioso que los políticos hablaran abiertamente de este oscuro tema de las amenazas. Los políticos y quiénes no lo son. Podrían hablar los policías, los jueces y todas las personas, hombres y mujeres que las vienen sufriendo, más o menos en silencio. Quizás entonces merecería la pena que los ministros y ministras y la clase política y judicial hablaran en voz alta y clara, preferiblemente, en período no electoral.

lunes, 11 de enero de 2021

"La mili se está poniendo imposible, no va a haber quién vaya", curiosa expresión de los años cuarenta y cincuenta.

 Corrían los años de la posguerra. El Servicio Militar Obligatorio suponía entre dos y tres años de permanencia en los ejércitos españoles. Había quiénes, con mucho humor, decían "la mili se está poniendo imposible, no va a haber quién vaya".

Es curioso que durante tanto tiempo se dijera que la mili eran las vacaciones de los pobres. Lo cierto es que los soldados que habían estado en la guerra y, al finalizar, tuvieron que hacer la mili, no se reían mucho con este chiste, basado en lo que se decía sobre el servicio doméstico.

sábado, 9 de enero de 2021

Recuerdos de infancia, adolescencia y juventud, 5: "Ojo pocho", con todo respeto.

 Era el año 1973, aproximadamente. Yo era un niño de unos once años. Lo digo así, con cierta duda, porque no me acuerdo bien, podría tener un año más. Estaba en un internado de los padres escolapios, el "San Fernando" (1) , de Madrid. Aquel colegio era impresionante en todos los aspectos. 

Cuando conté, hace ya una década, a mis alumnas y alumnos de sexto de Primaria, que yo había estado interno me miraron con cara de compasión y gran asombro,  expresándome poco menos que sus condolencias y temores. Por aquellas fechas había una serie de televisión que hacía furor, y de la que no soporté más de cinco minutos. Esos chicos y chicas pensaban que un internado era algo tenebroso, lleno de peligros y desgracias, incluyendo los asesinatos y cosas por el estilo. Aunque no dediqué mucho tiempo a aclarar algunos conceptos históricos sí recuerdo que intenté hacerles ver que, en aquella época de la que hablo, los internados no se parecían absolutamente (se podría decir, enfatizando y marcando mucho las sílabas"ab-so-lu-ta-men-te") nada a lo que se presentaba en el programa mencionado.

Como decía, aquel colegio era extraordinariamente bueno y todavía hoy, cuarenta y tantos años después, como alumno y como profesional de la Educación, sigo pensando que fue una gran suerte haber estado allí tres años de mi vida. Fue duro, pero mereció la pena. 

Hoy he recordado una anécdota que me ha hecho reír como hacía tiempo. Quiero dejar dicho que lo que cuento es totalmente real y que no hay lo más mínimo de maldad, desprecio, burla o humillación en mis palabras.

Lo cierto es que, entre las personas que vivían en el colegio, además de los más de 250 alumnos internos y la comunidad de padres escolapios, había un señor que en aquellos tiempos nos parecía muy mayor. Yo diría que estaba muy cerca de los noventa, pero aclaro que los ojos de un niño no son los más adecuados para "calibrar" o estimar la edad de los adultos. Lo cierto es que estaba jubilado y vivía allí, supongo que como antiguo fiel empleado. Solía vestir con un mono azul, arrastrar un poco los pies, que soportaban ya un cuerpo grueso y un tanto temblón. Además, usaba gafas y al menos un ojo lo tenía algo dañado. Era como si el párpado inferior estuviera caído mostrando un color rojizo. Uno de mis mejores amigos, rápidamente, lo bautizó con el expresivo nombre de "Ojo pocho". Y entre nuestro grupillo así se quedó el buen hombre. Nos saludaba, lo saludábamos pero, a solas, hablábamos de él con ese apodo que no tenía malicia alguna.

Un buen día me dijo que qué pasaba con las venticinco pesetas. Creo que no le supe contestar. Y ya, cada vez que me veía, me decía algo al respecto, sin que yo intuyera siquiera el significado. Un día le dije que quizás me confundiera con otra persona. Pero un poco después me dijo que yo no le había devuelto dicha suma. Me sorprendió mucho porque yo ya era para él "el de las veinticinco pesetas", sin haberlo sabido hasta ese momento. Le pedí que me lo explicara y era muy sencillo. Me aclaró que me había dejado veinticinco pesetas y que yo no se las había devuelto. 

Lo cierto es que nunca le pedí dinero prestado ni me lo ofreció. En el internado, además del dinerillo que pudiéramos tener de la última vez que hubiéramos ido a nuestra casa, o de haber recibido la visita de nuestros padres o familiares, solíamos disponer de una cantidad que nos custodiaba uno de los padres (¿seminarista en algún caso?) que estaban como responsables de nuestra sección (o dormitorio)(2). Así, podías tener, por ejemplo, quinientas pesetas, que le habían dado nuestros padres o nosotros mismos. Cuando te hacía falta, ibas a su habitación, hacías cola, y le pedías al padre Javier, lo que te hiciera falta.

Este señor me confundía y siguió diciéndome siempre, como saludo "el de las veinticinco pesetas". Y yo, con mi hermano, he mantenido esa peculiar forma de autodenominarme o de hacer mención a otras personas o situaciones un tanto indeferenciadas, más como saludo, como simple interjección, con función fática o de contactoentre nosotros. Con el tiempo, y de forma inconsciente, fuímos aumentando la cantidad. Así, podíamos decir. ¡hola, el de las cien pesetas!

En aquellos tiempos, el metro de Madrid, que cogíamos solos, costaba tres pesetas. Una caña de cerveza, seis o siete, un bocadillo de calamares, en el mítico y emblemático bar de los calamares de la calle ¿Gaztambide?, nueve. Allí, a regañadientes, nos obligaban a ir los mayores, a comprarles un bocadillo, cuando les apetecía. Los mayores eran los alumnos de COU o de tercerro de bachiller. ¡Gigantes para nosotros¡ Lo bueno era que alguno, generoso, nos daba una propina o nos decía que nos tomáramos otro. Así que, pronto, empezamos a ir cuando nos apetecía y disponíamos de dinero. Ese bar era, entre otras cosas, un punto estratégico al que acudían muchos legionarios, personajes también de los más curiosos que veíamos por el centro de Madrid en esos años. Altos, fuertes, descamisados, barbudos, con hambre y sed y metidos en sus propias burbujas, como casi todo el mundo. Alguna vez alguno nos saludaba, pero eran las menos veces.

No sé si ya en los últimos meses de mi estancia en aquel internado, ya con trece años, dejó aquel hombre, del que no recuerdo su nombre, de llamarme "el de las veinticinco pesetas". Por allí estaban, además, "el Dálmata", los cocineros, las señoras de la limpieza y del comedor, -especialmente la señora Isabel, con su paciencia y bondad natural-, y algunos más.

Fueron años muy intensos de los que podría contar muchas historias. Algunas divertidas o curiosas, otras, atroces, otras, cargadas de significación, educativa o sociológicamente. Por el momento me quedo con ese mote tan ocurrente y descriptivo que sólo usábamos Fernando, José Juan, Manolo, Jacinto, Gonzalo y algunos más (3).

Recuerdo, por ejemplo, el día que asesinaron a Carrero Blanco, un 20 de diciembre de 1973, nada más y nada menos que el presidente del gobierno de España. O cuando paseó, en coche, por Madrid, el presidente de Estados Unidos, Gerald Ford. Y cuando se produjo un impresionante socavón en las calles de Andrés Mellado y Joaquín María López y la fotografía fue la portada del ABC. O cómo había colas interminables en un cine muy cercano al colegio, en la calle Andrés Mellado, sobre todo de jóvenes melenudos y barbudos y chicas con minifalda, con aspecto de "jipis"(hippies), para ver la película "Tocata y fuga de Lolita". Por mi colegio pasaron, entre otros, Félix Rodríguez de la Fuente, Pelé y Kiko Ledgard, padre de varios alumnos, de los muchos hijos que tenía. Allí conocí a gente maravillosa y aprendí mucho en todos los sentidos. Los padres escolapios y el profesorado eran, sencillamente, extraordinarios. Del señor que me llamaba "el de las veinticinco pesetas" guardo también un recuerdo entrañable.

El año 1974 o 1975 supimos que los escolapios habían vendido el colegio y estaban contruyendo otro, muy moderno, en Pozuelo de Alarcón. Allí ya no habría internado. Los tiempos estaban cambiando. Hubo algunas protestas y se hizo una presentación oficial, que apareció en la prensa. Se mostró la maqueta del nuevo proyecto. Los últimos días del curso algunos padres del colegio de Getafe estuvieron allí eligiendo los muebles que se llevarían. Estaba previsto demoler el edificio pero al final no fue posible.

Los internos, algunos, fuímos a Getafe y otros al Calasancio. Visitamos varias veces el lugar en el que estaba nuestro colegio. Hubo ocasiones en las que quedábamos unos antiguos compañeros y recorríamos esas cuatro calles, con una mezcla de emoción y, en algún caso, de cierto dolor.


Mis primeras fotografías en un "fotomatón". No las pude entregar porque me parecía que, con esa cara, muerto de risa, no procedía. Ahora me alegro mucho de tenerlas. Son de septiembre u octubre de 1972.

Mural realizado en 1973, cuando estaba en quinto de E.G.B. El tema era uno de mis favoritos, con diferencia...y lo sigue siendo.


(1) El "San Fernando" se encontraba en el barrio de Argüelles y se encontraba entre las calles Donoso Cortés nº 80, Andrés Mellado, Joaquín María López y Gaztambide. Su historia se puede leer en este enlace, correspondiente al llamado "cuarta época".

(2) Había tres secciones, la de los mayores, en la cuarta planta. La nuestra, en la quinta planta, y la de los pequeños, en la sexta planta. 

(3) No escribo apellidos ya que hace muchos años desde que no tengo contacto con ellos.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Recuerdos de infancia, adolescencia y juventud. Los bocadillos de tortilla con cebolla de Grao.

 Han pasado casi cincuenta años. Quizás este breve relato no se entienda por nadie o, quizás, por muy muy pocas personas. Pero me da un poco igual. Yo siento la necesidad de contarlo. Hoy, en el cine, de pronto me he acordado de una anécdota de mi infancia. Yo tenía diez años. Era uno de los más de doscientos alumnos internos de un colegio escolapio de Madrid. Los lunes tenían una mezcla de duros y reconfortantes. No sé si lo sabré expresar en su justa dimensión y con la profundidad que suponía para mí. El lunes era la vuelta a la rutina, a la normalidad muy entrecomillable. Es decir, a la normalidad dentro de toda una excepcionalidad que nos había sobrevenido de una forma un tanto repentina. El lunes era otra vez el madrugón con esa música que se me clavaba y me hacía sentir mi soledad más profundamente que en ningún otro momento. Todavía hoy, al pensar en aquellos momentos me emociono y afloran las lágrimas, que consigo contener, como entonces.

La música que más me dolía era la del cóndor pasa, pero no estoy seguro del todo. Quizás fuera una sintonía radiofónica del momento. Era 1972. Lo cierto es que había algo de alivio también porque suponía una semana menos, porque veíamos a nuestros compañeros de clase y a  nuestros profesores. Además, volvíamos a vera los internos que se habían ido de fin de semana. Era también un sentimiento poliédrico y contradictorio. Pero bueno, el recreo era ya el momento estelar. Allí apenas si recuerdo a un interno que se iba casi todos los fines de semana. Era del norte y tenía a algún familiar en el extranjero. Aparecía con un bocadillo de tortilla de patatas impresionante. Era sencillamente espectacular. Grande, jugoso y con un grosor nada común. Alguna vez me lo dió a probar. Para mí fue una experiencia confusa. A pesar de mi apetito y mis muchas ganas aquella tortilla era diferente a la que yo había probado. Tenía un sabor que me resultaba muy raro, casi como picante, pero no era eso. Me dijeron que era la cebolla. Para mí, con esa edad, algo incomprensible. ¿Existían bocadillos de tortilla de patata con cebolla? Evidentemente la respuesta era afirmativa, ante mi confusión. Grao se comía su bocadillo cada lunes como si fuera un trofeo que otros no habíamos conseguido. A veces compartía un bocao, pero poco más. A mí, ese sabor, me disgustaba. Años más tarde, cuando empecé a cogerle el gustillo a esa forma de hacer la tortilla, me venía a la cabeza aquellos tiempos mágicos, preciosos y atroces. Después empecé a cocinar y la cebolla ya estaba presente en casi todas mis comidas. Hice tortillas casi por devoción. Las hice de todos los tamaños, grosores y sabores. Las hice como peculiar forma de despedir el año escolar cada mes de diciembre, con mi alumnado y mis compañeros y compañeras de colegio.

Cada cierto tiempo recuerdo aquellos impresionates bocadillos de Grao, un chico que se iba casi todos los fines de semana.

Tortillas de patata sin cebolla hechas en un campamento de verano.


miércoles, 18 de noviembre de 2020

Relatillos de espinas y guiños, 1. ¿A qué hora comían los señoritos?

 Hace ya más de treinta años. Son las tres del medio día. Un joven llega al bar de costumbre. Ha quedado con sus amigos para salir a dar una vuelta al campo. Casi seguro que irán a ver pájaros, sin desdeñar cualquier otro ser vivo, material inerte, paisaje, fenómeno natural o pieza del patrimono. Allí hay todavía algunos conocidos y amigos que están terminando ya las cañas. 

Uno de ellos, que ya se iba, dice:

-Me voy a comer, que ya es hora. Bueno, los señoritos es que coméis a las tres, es verdad, oye, tenéis esa costumbre. El recién llegado se queda un poco sorprendido y sólo añade:

-Yo ya he comido, vengo a tomer café.

Un tercero, quitando hierro a la embarazosa y torpe situación creada, cambia de tema. Pero el joven que ya se iba vuelve a terciar con alguna tontería improcedente. Recibe una respuesta bastante precisa por parte de su compañero de cañas.

-Bueno, a veces, cuando hablamos, demostramos que nos falta un hervor, o que ya estamos en nuestro punto.

Un rato más tarde, ya sin la presencia de tan agudo comentarista, calificador y clasificador de personas y conductas, alguien añade:

-Lo de las horas de comer, en realidad, tiene mucho que ver con los trabajos. Sin ir más lejos, el camarero que nos está sirviendo debe estar deseando de tener un rato libre para poder comer, en la cocina, con un ojo puesto en la barra, como todos los días. Los albañiles comen a la una, aquí en el pueblo, y vuelven a las tres al corte. Los de los bancos y los funcionarios, cuando salen, a las tres y pico...

sábado, 29 de febrero de 2020

Cuando las formas inadecuadas reflejan el interior.

Una vez una mujer me dijo que no se puede caer bien a todo el mundo y que, en la misma medida, no todo el mundo nos puede o tiene que caer bien. La reflexión se fue haciendo cada vez más concreta, con ejemplos propios y ajenos. Así, surgieron en la conversación los casos de las personas que, dicho de alguna manera, "no saben", es decir, en realidad, por diferentes causas no son capaces de comportarse de una manera, digamos, respetuosa. Por otra parte estaban los que no querían, es decir, las personas que, sabiendo, no se comportan de una forma adecuada. Y la experiencia, el día a día, un mínimo de observación bastan para captar las diferencias. ¿Cómo explicar las grandes diferencias entre unas situaciones y otras de algunas personas y en algunas circunstancias? Así, esas personas que pasan por ser muy simpáticas, muy amables, muy...¿cómo pueden cambiar tanto en segundos?¿cómo se transforman en apenas unos centímetros de distancia? Todo en esta vida parece ser que tiene explicación.
Muchos años más tarde, con motivo del movimiento llamado 15-M un amigo me habló de un concepto que yo no conocía: el atasco o tapón emocional. Me puso algunos ejemplos. Me sirvió para identificar situaciones y vivencias, también propias y ajenas.
Lo cierto es que la híper-actuación y la actitud contraria son buenos indicadores de la realidad. De alguna manera, reflejan el interior, lo dibujan, me atrevería a decir, que con un estilo desgarradoramente hiper-realista.

jueves, 16 de enero de 2020

Sobre el concepto "cerrilismo".

Llevo varios días pensando en el concepto "cerrilismo" y en su adjetivo, poco usado hoy en día, "cerril". 
Cuando yo era pequeño nuestros mayores usaban un vocabulario muy rico y expresivo que, a mi juicio, está desapareciendo o, al menos, escaseando. Otras palabras son usadas en su lugar, muchas veces procedentes del inglés. En mi opinión, en términos generales, es un error y, sobre todo, una pérdida, pero el habla evoluciona y cambia, a pesar de la Lengua. Ayer, sin ir más lejos, escuché al cantante Loquillo en la radio, en RNE, con esa impostación intelectual que le caracteriza, hablar de los "luser" ("loosers", supongo). Me pregunto qué tanto por ciento de los oyentes de ese programa conocen el término y si tiene sentido expresarse así. ¿No lo sabe decir de otra manera, él, que va de...? Da igual, cada uno es cómo es.
Sea como fuere, lo cierto es que la palabra cerril es muy necesaria, desafortunadamente, hoy, en 2020. Tras echar un vistazo al diccionario de María Moliner y al de la Real Academia de 1992, me quedo con ganas de profundizar un poco en el trasfondo del significado. Aún corriendo el riesgo de decir auténticas barbaridades.

Así, cerril viene a significar salvaje, no domesticado, brusco, hosco, y, en particular, que no atiende a razones, obstinación ante la evidencia. Pero, lo curioso es que no se debería utilizar el término para designar por igual a la persona que, por diferentes causas, tiene una serie de carencias, problemas o síndromes con la que no presenta esas características. Es decir, si una persona, por no haber recibido la educación necesaria, o por haberla recibido con una orientación más bien negativa, se comporta cerrilmente, se puede comprender y perdonar. Un hombre o mujer con un trastorno del tipo que sea no es igual que quién aparentemente es muy correcto.
Sin embargo, cuando esa persona cerril no presenta esas carencias y su comportamiento obedece al mal humor, al odio, al desprecio, a la inquina, a la negación de lo evidente -porque no se acepta la crítica, porque no se soporta que nos corrijan, multen, enmienden, lleven la contraria, porque no se admiten las diferencias ideológicas, religiosas, sexuales, raciales, económicas, culturales, sociales, locales o nacionales...-entonces, estamos hablando del verdadero, del genuino, del auténtico cerrilismo. Y ese es el que molesta de verdad, el que duele, el que hiere y del que hay que protegerse, sin llegar nunca a ponerse al mismo nivel, pero sí con energía, con fuerza, con la inteligencia emocional que se disponga, con habilidad y con la capacidad de evitarlo, sobre todo, en el futuro.

Si se piensa con calma, hay grados y no es lo mismo que alguien suelte lo que se suele denominar "una coz", ya de por sí preocupante y hasta peligrosa, sobre todo para las personas con sistemas inmunológico-emocionales por debajo de la media, a vivir todo el desarrollo del paroxismo cerril, que se suele retroalimentar, como algunas tormentas.

Ambientes y atmósferas favorables hay y hasta propicias y generadoras de esas actitudes. Lo que suelo denominar "la politiquilla", o la política de mi baldosa, el egoísmo, la falta de empatía, la envidia, el sentimiento exacerbado de clan o grupo, la mediocridad estructuralizante, la autocomplacencia, el apoyo incondicional, el narcisismo en cualquiera de sus formas, los ambientes, en general, muy cerrados sobre sí mismos...suelen generar esas conductas.
Lo cierto es que el cerrilismo existe y cuando se vive de cerca resulta bastante negativo. Y lo eor que se puede hacer ante una manifestación cerril es reír la gracia. 
El ser capaz de escuchar, de leer, de observar, el estar en disposición siempre de aprender, de descubrir, de sorprendernos, el mantener la curiosidad como una luz que nos guía, son verdaderos antídotos contra el cerrilismo. Por cierto, el alcohol y otras sustancias yo las considero, siguiendo el ejemplo de nuestro ejército, no un atenuante sino un agravante. Un amigo me decía hace poco que él no suele beber pero que cuando lo hace se pone cariñoso, más agradable, simpático, y hasta parlanchín...frente a los que se ponen agresivos, maleducados, faltones y demás...incluyendo esa categoría de la que estoy hablando: el cerrilismo.
Y por último, hay quiénes sacan provecho de esas conductas y las inducen, las propician, y me atrevo a decir, que las cultivan...Desconozco si hay vocablos en español para ellos. Me quedo con la idea de que quien siembra vientos recoge tempestades.

domingo, 25 de agosto de 2019

Aquella foto de un lince ...

Años setenta del siglo XX. Un internado religioso. Tiempos difíciles. Tiempos de cambios. Transición. Violencia. Miedo. Inseguridades, muchas, por todas partes. Incertidumbres. Esperanzas, también. Sueños, casi infinitos. Muchos, quizás sólo algunos, cimientos, tiemblan. Terrorismo. Atentados. Represión. Crisis, crisis, crisis...Insultos en cascada. Descalificaciones. Mentiras y verdades que tejen el día a día. Luchas también pacíficas. Silencios. Avances. Retrocesos. Enquistamientos. Engaños. Envidias. Envidia a mansalva. Resentimientos. Olvidos. Perdón, también perdón.
Y en ese tiempo, que parece incierto, atroz y gris, una pequeña foto de apenas cuatro o cinco centímetros de lado, de alguna revista en color no identificada, se convirtió en una ventana abierta a la vida, a la Naturaleza prístina y llena de color. Era la llave que abría la puerta pesada del día a día y conducía a un techo en lo alto de una selva, de un bosque, de una sierra...
Aquella foto era como una batería o un motor capaz de sacar a aquella persona de su tristeza, de su soledad, de sus miedos, de su dolor. Aquella foto de un lince, de apenas unos centímetros de lado...¡era en realidad tan grande!¡Era tan, tan profunda!¡Significaba, sobre todo, el futuro, que se abría frente al horizonte cercano, oscuro y casi indivisable! ¡Era la paz interior rodeada de trincheras y armaduras! Aquella pequeña foto de un lince era un camino placentero e instantáneo, un sueño, un sustituto de otras realidades que estaban lejanas.
¡Una pequeña foto de un lince!¡Era en realidad tan grande!¡Era tan, tan profunda!

lunes, 17 de junio de 2019

La próxima vez, imagínate que tengo seis patas...

Una mujer está viendo las fotos que ha hecho su marido en la comunión de una sobrina. El fotógrafo en cuestión es muy aficionado a la Fotografía de Naturaleza, en general y, últimamente, a los insectos, en particular. 
-¡No estoy en ninguna foto!
-¿Cómo?
-¡Nada! ¡No me has sacado en ninguna!
-¡Pero si te lo dije varias veces y te ibas o te quitabas!
-¡La próxima, imagínate que tengo seis patas!
-¡La próxima tienes que pensar que no soy insectívoro!

viernes, 1 de febrero de 2019

Sentimientos y cuestión de palabras, a propósito de "Bagdad Café".

Viendo "Bagdad Café", esa película maravillosa, le surgieron unas preguntas interesantes. Así, se planteaba si era lo mismo el amor que el cariño familiar. Si había un nexo objetivo entre la sangre y esos sentimientos, si las meras palabras podían ser, como decía aquel poeta, un obstáculo o incluso un arma de doble filo. ¿Podía el nombre de un sentimiento modificar la realidad? ¿Una palabra sirve para oscurecer una vida? Al final, no son las realidades del color que las queremos ver. Esos colores del bar de carretera polvoriento ¿son reales? ¿Y nuestros recuerdos? ¿Coinciden con la realidad? Ese arma arrojadiza que vuelve, ¿qué es?¿un mal momento incrustrado, tallado, bruñido, grabado, marcado, esculpido, tatuado...?¿una herida que no cerró bien?
Se puede hablar de amor, de querer, de encariñarse, de dar cariño...pero ¿vuelve el recibido con la misma moneda? ¿La magia de quitar una cartera y devolverla al rato es como la carga afectiva recibida? ¿Hay que devolverla o no hay que devolverla? Como un simple saludo, un comentario, una sonrisa, una mirada, una simple palmada...¿Son de ida solamente? Jasmin quita y devuelve con gracia y alegría. Limpia y calla. Hace el café, cocina y ordena...escucha y valora...No es nadie, una solitaria más, una náufraga en un mar de arena y polvo, una clienta que paga. Al principio un incordio y después una razón de ser.
Brenda es la rueda de una máquina que no para de girar, y ya chirría a cada movimiento...
Y así pueden ser tantas y tantas vidas, con esos colores difíciles de creer, de entrada. Cielos azules, rojos, anaranjados, verdes, marrones, ocres, grises, negros...y cada color, con miles de tonalidades, son en realidad, inmensos mares de formas de sentir y de hacer sentir a los que están alrededor.
Una vez, en una discusión, una persona recriminaba a otra la falta de amor (querer) y la persona increpada se defendía con el escudo verdaderamente fuerte del respeto...
Pero como el bumerán, las vidas van y vienen, se cruzan, se acercan, se alejan, se acaban de golpe, no se vuelven a cruzar...se choca con un depósito de agua o se acaba en la mano jovial, que lo recibe con amabilidad, con franqueza...
Resumir una vida o unos años o la simple convivencia con una palabra es muy, muy complejo. Es como trazar el perfil de alguien con una brocha gorda en un pequeño papel. Simplificar está bien en Matemáticas y, muchas veces, hasta en las conversaciones. Pero tiene un riesgo alto. Desde luego Jasmin, en la película, limpia, ordena, trabaja, acompaña, ayuda, se preocupa, cocina, paga, ríe, escucha...hay quiénes opinan que lo de menos es cómo se llame "eso"...que lo importante es que "eso", se haga.




lunes, 17 de diciembre de 2018

Escuchar es muy difícil, pero se puede aprender, incluso de mayores.

Escuchar es muy difícil pero se puede aprender, incluso de mayores. Para millones de personas es un verdadero problema. Por un lado están los que no escuchan...y por el otro, los que se sienten no escuchados. Y entre medias hay un sinfín de posibilidades y de grados intermedios. Así, hay quiénes no escuchan pero se quejan de que no les escuchan -¿lo suficiente?- a ellos, o los que, directamente, se sienten muy mal porque no tienen a nadie, sin darse cuenta de que el verdadero problema es que no saben conversar, decir y escuchar sobre el mismo tema, sin enjuiciar, sin valorar, sin criticar, sin etiquetar, sin excluir las opiniones de nadie, sin tenerse que quedar encima, sin saberlo todo, sin negarlo todo, sin extenderse tanto como poara perderse (en inglés se usa la expresión "shaggy dog story" -historia de perro lanudo-con humor para referirse a los relatos tan detallados como innecesarios y aburridos)...
Hay quiénes escuchan pacientemente y cuando creen que les toca hablar se encuentran con una despedida, un cambio de conversación o un no rotundo...o un "sí, ya". En muchos casos una persona quiere contar algo y el nivel de escucha es tan, tan escaso, que las primeras palabras le sirven a su acompañante para seguir con la palabra...Por ejemplo:

-Ayer estuve...
-Sí, yo ayer estuve en el cine y vi...
Quince minutos después...
-Pues eso que te decía que ayer yo...
-Anda, no te lo he contado ayer yo ví a tu amigo...
Pasados otros diez minutos de relato...
-Sí, que te quería decir que...
-Oye, que no te he contado que he contratado...

Y a veces el mensaje se queda sin emitir, otras se lanza a trompicones, entrecortado, o sin llegar al final.
Pero hay situaciones más curiosas como cuando se quiere contar algo y a cada palabra se produce una interrupción "adivinatoria"...
-Ayer me llamaron...
-Sí, de una encuesta de esas de satisfacción, ¡qué rollo, tía!, a mí me llaman todos los días cuando me siento a comer...
-No, ayer me llamaron del centro de...
-¿Del centro cultural?, a mí también, con lo de la actuación de...que se pospone.
-No ayer me llamaron del centro de atención al cliente del...
-Ah, ya...

En fin, cada palabra que se avanza es una retahíla indagatoria y expositiva sin venir a cuento. Cabe plantearse si no se trata de maniobras más o menos conscientes.

La cultura popular ha generado expresiones a veces muy originales para describir esas situaciones tan incómodas y hasta nocivas para la convivencia. Por citar un ejemplo de Tomelloso, en la provincia de Ciudad Real, que seguro se usa en más lugares, escuchamos en una ocasión:
-!Es que no me dejas mojar sopa!
Hay otras muchas fórmulas más sencillas pero no tienen esa gracia. Se dice que te escuchen, que te esperen, que quieres decir algo...con mayror o menos acompañamiento de palabras de cortesía, con el "por favor", o el "si es usted tan amable" o "si me lo permite", o con alusiones a tiempos muy cortos, "un par de segundos", "un minuto"...
Lo cierto es que para muchas personas el diálogo, la conversación, la comunicación oral...es un verdadero sufrimiento. Así, encontramos a gente que no quiere hablar con determinadas personas, o que se niega a mantener diálogos y, en la otra situación, tanta y tanta gente que necesita, casi desesperadamente que la escuchen que, cuando cogen la vez no son conscientes de que hay necesidades del receptor también.
Las razones para ese no escuchar son múltiples. He leído algunas y otras son de cosecha propia. Desde luego el listado es largopero incompleto.Veamos algunas:

-Aprendizaje desde la infancia...Si en una casa no se suele escuchar es muy probable que la descendencia tampoco, pero no es un axioma científico.
-Generación espontánea...puede ser una cuestión neuronal, cerebral, química o de otro tipo.
-Ingesta de sustancias que "sueltan la lengua"...y a buen entendedor, pocas palabras bastan...
-El miedo y la inseguridad hacen que algunas personas no paren de hablar...
-La soledad...
-El sentimiento de superioridad. Quiénes no están dispuestos a escuchar algo porque ya se lo saben, lo saben expresar mejor, se sienten los cabecillas o líderes, creen que lo suyo siempre es más ocurrente, más interesante, más auténtico...
-Los que necesitan destacar, por ejemplo, delante de un jefe...
-Los que desean "anular" a otra persona, a otra opción...
-Los que sienten que lo hacen muy bien, por su gracia, por su soltura, por su naturalidad, locuacidad, comicidad, formación, liderazgo...

En español contamos con muchas palabras y expresiones que hacen alusión de forma más o menos exacta a esa dificultad de prestar atención a lo que dicen otras personas:

Abundante, bocarán, bocazas, charlatán, lenguaraz,... "no se calla ni debajo del agua"; "necesita un curso intensivo de buceo, pero sin escafandra"; "en boca cerrada no entran moscas"; "oveja que bala pierde bocao"; "por la boca muere el pez"; "ni que trabajara en Telefónica"; "necesita audiencia"; "le gusta escucharse";

Además, hay motes que se han venido utilizando para designar a quiénes no paran de hablar. Por ejemplo, "el mudo"...
Desde luego hay veces en las que con mano izquierda, con paciencia y humor se manejan bien estas situaciones. A veces no hay directamente contacto y puede darse incluso el enfrentamiento, el conflicto y la violencia. Hay casos de manual y de verdadera necesidad de ayuda especializada o terapia.

Hay personas con una capacidad inconmesurable para escuchar y, una buena parte de ellas son verdaderas heroínas, cercanas a la santidad, si se es creyente. En muchos casos se trata solamente de jerarquías, de todo tipo,de cualquier tipo...pero jerarquía, mantenimiento de un orden establecido dependiendo del "poder", en cualquiera de sus formas.
Hay gente que sufre, que lo pasa muy mal, y que no encuentran esos momentos para ser escuchados. Y hay igualmente quiénes sufren por su aislamiento, por la inexistencia de interlocutores.
En la llamada "educación reglada", desde la Educación Infantil se trabaja lo más intensamente que se puede esta habilidad "básica" para la convivencia. Quizás, visto lo visto, se debería trabajar mucho más, seguramente. Lo cierto es que el problema, la verdadera carencia, no está en la escuela, aunque se pueda contribuir. Se trata de una auténtica dificultad que se puede superar. Hay que ser consciente, en primer lugar, del alcance de nuesto discurso...y de nuestras características, positivas o negativas. Después, detectadas las dificultades habrá que leer, aprender, y ponerse manos a la obra, imponerse una disciplina y un programa de trabajo y, ponerlo en práctica, es decir, escuchar.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Nociva mente nociva y el aposematismo.

Aparentemente es muy buen alimento. ¡Tiene buen aspecto, buena pinta, resulta tan apetecible y atractivo! Sin embargo, desde pequeños nos enseñan a desconfiar de la simple apariencia. A mí me decía una tía mía que las mejores cerezas eran las que tenían peor aspecto ya que estaban picadas por los pájaros. Me costó probarlo pero llevaba mucha razón. Podríamos poner muchos ejemplos pero no parece necesario. En tantas ocasiones el envoltorio engaña, que llega un momento en que se tiene una intuición basada en la experiencia, en el análisis, en la reflexión y en la sosegada valoración de lo que de verdad nos gusta y nos viene bien. Hay flores preciosas, hay setas, hay frutos que, detrás de esa coloración, de ese brillo, de esa forma tan sugerente, esconden su veneno. Y luego nos encontramos con lo contrario, con esos diseños, formas, movimientos, conductas, colores que, siendo inofensivos, imitan a otros seres peligrosos. Es curioso pero la vida nos ofrece ese espectáculo tan confuso empezando por los más pequeños detalles.


lunes, 17 de septiembre de 2018

La desolivización de España...

Estoy sentado en mi trabajo. Desde mi mesa veo por la ventana pasar los camiones, por la carretera nacional. A los coches no los veo, salvo que me estire un poco. Si me levanto lo veo todo con bastante detalle. Veo pasar una góndola cargada de olivos centenarios, ya podados y con su cepellón. No es el primero ni la primera docena. Pienso en lo que está pasando y recuerdo lo que decía aquel agricultor de aquí, de Piedrabuena: 
-Están plantando los árboles del campo en el pueblo y los del pueblo en el campo, ¡ésto no hay quién lo entienda!
Me vienen a la memoria esas rotondas con olivos podados en plan fantasía, por no decir chirrriante horterada antinatural, esos parquecillos de espanto, esas plazas y rincones en las que se vuelve a la más trasnochada litofilia reinventando un pasado que nunca existió. Recuerdo vivencias de gentes que vendieron sus olivares para estos fines decorativos y comerciales. Ahí quedó, por ejemplo, la película "El olivo" con sus múltiples y demoledores mensajes, en alguna cuneta de los archivos cinematográficos. Casi me sangran aquellos olivos que me arrancaron por el morro, sin haber completado el proceso expropiador, en fechas tórridas, sin avisarme previamente, para que pasara un absurdo, costosísimo e innecesario trasvase del Tajo a la Mancha, por debajo del cual, manaban aguas minerales extraordinarias, por cierto. Aquellos olivos míos, que fueron de mi padre que en paz descanse, de mis abuelos y de mis bisabuelos, como mínimo, no se pudieron salvar porque esa tarde había fútbol y los maquinistas que podían hbérmelos cogido y trasportado estaban muy ocupados y no tenían tiempo y tenían que ver el partido. Era la época del ladrillazo, por si fuera poco.
Y así, mientras tanto, se van arrancando pies a los olivos centenarios -miles y miles-para poder mecanizar la aceituna, es decir, su recogida, la recolección del fruto. O se van arrancando olivares enteros y poniendo nuevos, en espaldera, bien juntitos y con riego, para que produzcan mucho y muy deprisa. Y se van echando cada vez más productos químicos que hacen más que dudosa la bondad de estos árboles, de esos lugares, y de su preciado fruto. Ya hay olivares que antes producían, por ejemplo, espárragos y ahora, aunque sigan brotando, los esparragueros experimentados, no los recogen.
Van cambiando esos paisajes y con ellos todo, la vida y la vista que ofrecían. 
Ahora, para ver olivos se puede ir a un parque, a una rotonda, a una plaza, aunque quizás lo que se vean no sean olivos sino esas extrañas formas, esas plataformas a distintos niveles en las que han convertido las escasas ramas que les han dejado con vida tan atrevidos podadores. Es cuestión de gustos o de mal gusto, depende de quién opine. 
Pienso en los visitantes que, al ver semejantes despropósitos hechos con nuestro arbolado, pueden pensar, por ejemplo que si hacemos eso a nuestros más preciados y longevos árboles productivos qué no nos haremos a nosotros mismos. Me viene a la mente que quizás esos visitantes lo encuentren "bonito", "precioso", "original" y hasta entrañable y auténtico y típico, y, por supuesto, fotografiable. ¿Y los niños y niñas? ¿Qué pensarán? ¿Qué sentimientos y recuerdos se irán formando en esas cabecitas?¿Y los jóvenes? ¿Se estarán dando cuenta de este capítulo más de la larga novela de la desnaturalización de nuestro entorno, de la artificialización, de la banalización, de la horterización extrema, de la llamada urbanalización? Quizás dirán esa frase tan socorrida del "será lo que sea pero a mí me gusta"...
En fin, es sorprendente que nuestras autoridades permitan estas actuaciones mal llamadas ornamentales o de embellecimiento o las promuevan. Es penoso que no haya voces críticas suficientemente autorizadas para decirlo alto y claro. Es vergonzoso y muy contradictorio que nos digan lo que podemos y no podemos hacer en las fachadas de nuestras casas, hasta una escala del centímetro y del color, por ejemplo, y que se permitan semejantes atentados eco-urbanísticos. ¿Y nuestro Patrimonio?¿Y el valor del paisaje rural pero también urbano? Luego se argumenta que no hay dinero, que España tiente tanta Historia y tanto que proteger que no hay dinero...
Hay días que prefiero no mirar por la ventana.